30.9.10
26.9.10
palabrasnadamas
cuadraturas en el mapa astral
elucubraciones que me hacen mal
sueños de mejillas brotadas
de pedazos de kiwis, de banana
gotas de lluvia en la chapa
tiempo gastado en costumbres
escribir con trabas
no permite expresar nada
elecciones personales
enigma de vida
la hora que se acerca
poesía oprimida
15.9.10
Seu Jorge São Jorge
cazador de dragones
voz sagrada que eleva corazones
venerado aqui y afuera
padrino de mi mudanza
se renueva mi esperanza
quiero regalarte mi poema
foto Seu Jorge: Ana Schlimovich + fotos aqui
dibujo São Jorge: Jcorreiadias + blog aqui
São Jorge Experience, uma versão bem carioca para uma história antiga, de Marcio PXE. Aqui
7.9.10
6.9.10
Mirada de Gringo
Al abrirse las puertas del desembarque en el Aeropuerto Galeão, reconozco a Armando, en el stand de la Riotur, y el hecho de encontrar alguien conocido, apenas aterrizo, me hizo sentir todavía más en casa. En plena época de mundial, Armando me entrega un ejemplar de la Guia Oficial do Rio, con toda la programación que la prefectura preparó para conmemorar el mayor evento del planeta.
Cuando abro la revista me topo con varias fotos de "altinha" en la playa –los jugadores forman una ronda y hacen pases de pelota con cualquier parte del cuerpo menos las manos, sin dejarla caer-. La foto de Ipanema, en la segunda hoja, me recordó la "saudade" que tenía de practicar este juego que aprendí hace un año y que me había llamado la atención desde mis primeras visitas a Rio, por el año 2005. Me impresionaba la gracia con que tocaban la pelota, la precisión, los cuerpos de los jugadores y las jugadoras, y me preguntaba si esos cuerpos eran resultado de ese deporte. En el verano del 2007, cuando me tocó retratar la ciudad para la guía inglesa Time Out, me pidieron específicamente fotos de estas ruedas nacidas en arenas cariocas. En ese entonces ni imaginaba que un día yo podría estar participando en una.

Después de soportar temperaturas de un dígito en mi ciudad natal –Buenos Aires-, Rio me recompensó con un delicioso sol invernal sin una sola nube intercediendo en el cielo. Me aventuré a la playa de Ipanema, al mar que esa tarde parecía caribeño y a mi deporte preferido del momento, la altinha. Pero la pelota se mantuvo en el aire menos de 3 minutos, no por culpa de los jugadores –claro que no-, sino porque dos guardias municipales se abalanzaron sobre nosotros con la amenaza de confiscar la pelota y llevarla a la comisaría. Cómo? dije yo sorprendidísima, pero por qué? -Choque de Orden, no se puede jugar en la orilla hasta las 5 de la tarde, si insisten tendremos que llevarnos la pelota detenida. Me decía el guardia mientras señalaba las dos patrullas paradas en la Av. Vieira Souto. Pero a las 5 de la tarde, en pleno julio, no hay más sol, pensé yo, mirando la playa vacía de ese martes soleado.Choque de Orden u orden invertida?
Me sentí una criminal, culpada de un delito gravísimo. Me fui a sentar ofuscada, con la sensación de que algo estaba mal, y no era yo, ni la pelota, ni la hermosa tarde, ni la playa. Días más tarde decidí indagar más sobre este famoso "Choque de Orden". Me presenté como periodista y como ciudadana extranjera ante el grupo de guardas –unos 8- reunidos en una de las carpas de la prefectura, y les pedí que por favor me explicaran en qué consistía la campaña. Muy amablemente, uno de los guardas me dijo que la primera medida había sido el reordenamiento de las barracas. Y mientras me señalaba las nuevas estructuras blancas, todas iguales, yo recordaba aquellas barracas coloridas, esos nombres llamativos que permitían que en pleno verano dos personas lograsen marcar un punto de encuentro en ese enjambre humano. –Era feo, desprolijo, cada uno hacía lo que quería, todo colorido, justificaba el guarda. Con el corazón estrujado yo pensaba justamente en esa característica propiamente carioca, esa capacidad de generar un colorido desmedido, esplendoroso. El color, esa marca personal de Rio de Janeiro, fue lo primero que quitó el Choque de Orden. -Nuestra primera función es vigilar el tema de la pelota, no dejar que practiquen en la orilla porque eso molesta a la gente que está paseando –continuaba el guarda-. Y también el tema de la seguridad, los asaltos.
Yo no podía creer que la primera medida fuera prohibir el deporte y la segunda evitar los robos. Acaso no debería ser, por lo menos, al revés?

Y la basura? le pregunté. El guarda no supo bien qué contestar, manifestando que no había ninguna postura concreta con respecto a la cantidad de basura que todos los días, a pesar del impecable trabajo de la Comlurb, yace en las arenas de una de las playas más lindas del mundo. Una vez más, no será que el orden está todo dado vuelta? no deberían ser prioridad la seguridad y la limpieza? por qué no detienen a la persona que después de consumir su pote de açaí lo deja tirado en la arena como si fuera a desmaterializarse mágicamente, por qué somos los propios frecuentadores de la playa los que tenemos que llamar la atención, ya sea con la palabra directa o con carteles como los que colgó el diseñador Marcio PXE (ver projecto), de quienes esconden sus colillas de cigarrillo en la arena, abandonan sus vasos plásticos, sus latas de cerveza (la única basura que es recolectada al instante por los vendedores de aluminio, por suerte), sus panfletos de propaganda, sus pañales usados!!! no es este un delito mucho más grave que jugar a la pelota –al menos los días de semana invernales- junto al mar? Solamente en la playas de Arpoador, Ipanema y Leblon hay 6 carpas de Guardia Municipal, cada una con 5 hombres, que trabajan de 8 de la mañana a 5 de la tarde, o sea 30 personas, 63 horas a la semana, más al menos dos autos patrulleros, todo para controlar que los chicos no jueguen a la pelota. A esto le llaman Choque de Orden??? por qué en cambio no colocan al menos uno de esos guardas en la entrada del túnel que une Botafogo con Copacabana, donde todas mis amigas, en su mayoría "gringas", y yo, fuimos asaltadas en la bicisenda? o en la entrada de las pasarelas subterráneas que unen el Aterro con la Praia de Botafogo, donde me quitaron mi bicicleta apuntándome con un revolver calibre 38? O en ese parque espectacular –uno de los más lindos que ya vi, y ya conocí muchísimos parques en todo el mundo- que fue diseñado por Burle Marx, el Parque de Flamengo, donde a partir de las 3 de la tarde ya es tierra de nadie?
En teoría, la prefectura promueve el juego de la pelota en su principal publicación turística, y por el
otro lo prohíbe con refuerzos pudiendo arruinar las vacaciones de cualquier turista desinformado que llega con su pelota para practicar un deporte saludable en una de las playas más paradisíacas del mundo –y ya rodé por las playas de los 5 continentes- si no fuera por la basura. En qué quedamos? cuál es el mensaje?
Le manifesté gran parte de mis pensamientos al guarda municipal, que obviamente no tenía la culpa de nada, solo cumplía con su deber. Y me propuse no dejar pasar más el tiempo, aportar al menos mi granito de arena, recordar que con las pequeñas acciones sí podemos cambiar el mundo, porque el cambio global empieza por el cambio individual. Ningún idealismo, lógica pura.
Orden? estoy completamente a favor, solo que creo que el orden está invertido, y por favor, nada de choques.
Este artículo no termina aquí, falta conocer la opinión de los barraqueros, de los paseadores, de los turistas, de los jugadores. Continuará.
Este artículo no termina aquí, falta conocer la opinión de los barraqueros, de los paseadores, de los turistas, de los jugadores. Continuará.
Ana Schlimovich
19.8.10
5 de 108 sucesos en Rio de Janeiro >> El Fusca (parte final)
El sábado amaneció radiante, y yo otro tanto. Finalmente era propietaria de un auto, un fusca! según Daniel me quedaba hermoso el modelito. Tenía que ir a Tijuca, un barrio tradicional de la clase media de Río, adonde nunca había ido. El patito me esperaba tal como lo había dejado. Encendió de primera y nada le costó descender la cuesta, sus frenos eran infalibles, yo cantaba, sonreía, aspiraba con gusto el aire cálido de un día que prometía alcanzar los treinta y largos grados. Bajé por la calle de mi casa, la Rua Joaquim Murtinho, por donde pasa el bondinho, el único tranvía de Brasil que todavía rueda y lo hace nada menos que por la puerta de mi casa. Llegué hasta Lapa y tomé la Mem de Sá, la calle que me dejaría recto en el corazón de Tijuca, donde tenía que ir a ver una prometedora cama que compré por Mercado Libre, sin foto, pero con una favorabilísima descripción. Un poco antes de llegar a Praça Vermelha, paré a comprar yeso en una casa de materiales de constucción, estaba en época de construcción de mi futuro cuarto permanente y quería recauchutar la pared donde se ubicaría la cabecera de la cama. Auto nuevo, cuarto nuevo, fuerzas renovadas. Cuando volví al fusca el maldito no arrancó. Ni la primera, ni la segunda, ni la tercera ni ninguna de las veces que le di marcha. Bueno, calma, me dije, no pasa nada. Y le pedí a unos muchachos que me empujaran, se juntaron unos tres y al segundo intento el autito arrancó despidiendo unos ruidos extrañísimos, como unas explosiones secas, como si el patito estuviera tosiendo fuerte, echando hacia afuera su catarro añejo. Agradecí con la mano estirada fuera de la ventana y seguí camino con un dejo de rabia y preocupación. Emociones que aumentaban a medida que el asiento iba poquito a poco deslizándose hacia atrás, hasta que ya no llegaba a los pedales por más que me recostara, aferrándome al volante como único medio de sujeción. Reacomodar la butaca significaba tironear hacia adelante y hacia arriba con pequeños saltitos, a la larga llegaba al tope y apretaba la palanca que supuestamente impediría que el asiento se moviera del lugar, pero la distancia elegida duraba cada vez menos, lo que aumentaba mi enojo y mi transpiración.
Llegué finalmente a Tijuca, un barrio de casas y cuadras arboladas, no fue ningún problema encontrar la dirección. Me atendió una señora, la madre del vendedor, que me hizo pasar hasta el cuarto donde se encontraba mi futura cama. O mi portugues era realmente escaso o la descripción del chico era una farsa, producto de su imaginación y sus artilugios de venta. O mi característica compulsividad a la hora de comprar cuando necesitaba de alguna cosa me cegaba ante la realidad, de la cama, del fusca. Probablemente un poco de todo, pero la cama de caoba brillante con una línea dorada coronando la cabecera, parecida a la línea metálica que le faltaba al fusca blanco de la plaza de venta pública, fue demasiado. La amable señora seguía hablando sobre las virtudes de la cama cuando yo me di la vuelta y rápidamente le agradecí su atención y le expliqué que el producto simplemente no colmaba mis expectativas.
Subí al fusca, acalorada bajo el sol del casi mediodía, furiosa por mi ingenuidad y esa impulsividad incontenible que absolutamente siempre terminaba en una gran pérdida de, en el mejor de los casos, tiempo.
No arrancó. El maldito autito no arrancó. Tuve que esperar un buen rato a que pasara alguien que no solo quisiera sino que pudiera empujar. El barrio parecía ser habitado por personas mayores o mujeres paseando hijos en carritos, ningún hombre apto para las tareas de fuerza decidió caminar ese sábado por esa tranquila callecita de Tijuca. Respiré hondo varias veces conteniendo las lágrimas que los vidrios sin polarizar dejarían liberadas a la vista de los inútiles transeúntes. Salí del auto porque estar adentro me hacía odiarlo más, pero principalmente porque el calor era insoportable. En eso pasa una pareja de amigos con los músculos suficientes para empujarme unas buenas cuadras. Les pedí ayuda con mi más encantador sutaque extranjero, mirándolos más a los brazos forzudos que a los ojos, y como mi plegaria fue casi una órden, no les quedó opción. Arrancó enseguida el fusquita y cuando quise sacar la mano por la ventanilla para agradecer el esfuerzo tuve que retener el gesto porque me había quedado con el volante en la mano. El volante y todo el cuerpo metálico que lo sostiene se había arrancado de cuajo. La puta que te recontra parió Severino del orto. Y todas las malas palabras aprendidas se me salían como espuma por la boca, sumado el miedo, el desconcierto y la desolación por haber adquirido una verdadera chatarra de color taxi.
Llegué al centro sosteniendo el volante, haciendo maniobras inadmisibles para conducir el carro, rezando para que encima no se apagara. Pero lo hizo. El auto sin volante además se apagó. Y un señor salió a mi rescate como un mecánico alado salido de algún mágico lugar, algo más significativo que un ángel para mí, en ese momento, en ese estado. Buscó sus herramientas en su auto y ajustó el tornillo caído que sostenía todo el aparataje del volante, un largo y único tornillo que ni siquiera tenía tuerca. Cuando le dije que lo había comprado el día anterior me miró con una seriedad que no dejaba claro si estaba esperando que yo le dijera que era broma o si estaba apavorado por mi incredulidad. En todo caso, me preguntó si no lo había hecho revisar antes, y al recordar la cantidad de ojos que pasaron por la aprobación y desaprobación del auto, tartamudeé y ni sé lo que le contesté. Antes de ayudarme a empujar para que arranque, el ángel de la llave Nro 12 me pidió mi teléfono y mi dirección de orkut. Ante mi negativa dupla no le quedó otra que empujar igual, con otros dos a los que acopló a la misiva. Subí alguna de las cuestas que me llevaban a lo alto de mi barrio, laberintos ascendentes que yo no conocía y que me encontraban al momento en una posición desfavorable para descubrir el acertijo. Me perdí tantas veces como las que el auto se apagó. Llegué a mi casa con la cara y el temple tan desencajados como el volante de la inútil chatarra con la que me podría haber matado.
El paraibano no atendió el teléfono en ese día sabático. Recién cuando salió la primera estrella pude dar con él. Un castigo de mal gusto por ser una judía tan poco practicante.
- Quiero mi dinero de vuelta.
Llegué finalmente a Tijuca, un barrio de casas y cuadras arboladas, no fue ningún problema encontrar la dirección. Me atendió una señora, la madre del vendedor, que me hizo pasar hasta el cuarto donde se encontraba mi futura cama. O mi portugues era realmente escaso o la descripción del chico era una farsa, producto de su imaginación y sus artilugios de venta. O mi característica compulsividad a la hora de comprar cuando necesitaba de alguna cosa me cegaba ante la realidad, de la cama, del fusca. Probablemente un poco de todo, pero la cama de caoba brillante con una línea dorada coronando la cabecera, parecida a la línea metálica que le faltaba al fusca blanco de la plaza de venta pública, fue demasiado. La amable señora seguía hablando sobre las virtudes de la cama cuando yo me di la vuelta y rápidamente le agradecí su atención y le expliqué que el producto simplemente no colmaba mis expectativas.
Subí al fusca, acalorada bajo el sol del casi mediodía, furiosa por mi ingenuidad y esa impulsividad incontenible que absolutamente siempre terminaba en una gran pérdida de, en el mejor de los casos, tiempo.
No arrancó. El maldito autito no arrancó. Tuve que esperar un buen rato a que pasara alguien que no solo quisiera sino que pudiera empujar. El barrio parecía ser habitado por personas mayores o mujeres paseando hijos en carritos, ningún hombre apto para las tareas de fuerza decidió caminar ese sábado por esa tranquila callecita de Tijuca. Respiré hondo varias veces conteniendo las lágrimas que los vidrios sin polarizar dejarían liberadas a la vista de los inútiles transeúntes. Salí del auto porque estar adentro me hacía odiarlo más, pero principalmente porque el calor era insoportable. En eso pasa una pareja de amigos con los músculos suficientes para empujarme unas buenas cuadras. Les pedí ayuda con mi más encantador sutaque extranjero, mirándolos más a los brazos forzudos que a los ojos, y como mi plegaria fue casi una órden, no les quedó opción. Arrancó enseguida el fusquita y cuando quise sacar la mano por la ventanilla para agradecer el esfuerzo tuve que retener el gesto porque me había quedado con el volante en la mano. El volante y todo el cuerpo metálico que lo sostiene se había arrancado de cuajo. La puta que te recontra parió Severino del orto. Y todas las malas palabras aprendidas se me salían como espuma por la boca, sumado el miedo, el desconcierto y la desolación por haber adquirido una verdadera chatarra de color taxi.
Llegué al centro sosteniendo el volante, haciendo maniobras inadmisibles para conducir el carro, rezando para que encima no se apagara. Pero lo hizo. El auto sin volante además se apagó. Y un señor salió a mi rescate como un mecánico alado salido de algún mágico lugar, algo más significativo que un ángel para mí, en ese momento, en ese estado. Buscó sus herramientas en su auto y ajustó el tornillo caído que sostenía todo el aparataje del volante, un largo y único tornillo que ni siquiera tenía tuerca. Cuando le dije que lo había comprado el día anterior me miró con una seriedad que no dejaba claro si estaba esperando que yo le dijera que era broma o si estaba apavorado por mi incredulidad. En todo caso, me preguntó si no lo había hecho revisar antes, y al recordar la cantidad de ojos que pasaron por la aprobación y desaprobación del auto, tartamudeé y ni sé lo que le contesté. Antes de ayudarme a empujar para que arranque, el ángel de la llave Nro 12 me pidió mi teléfono y mi dirección de orkut. Ante mi negativa dupla no le quedó otra que empujar igual, con otros dos a los que acopló a la misiva. Subí alguna de las cuestas que me llevaban a lo alto de mi barrio, laberintos ascendentes que yo no conocía y que me encontraban al momento en una posición desfavorable para descubrir el acertijo. Me perdí tantas veces como las que el auto se apagó. Llegué a mi casa con la cara y el temple tan desencajados como el volante de la inútil chatarra con la que me podría haber matado.
El paraibano no atendió el teléfono en ese día sabático. Recién cuando salió la primera estrella pude dar con él. Un castigo de mal gusto por ser una judía tan poco practicante.
- Quiero mi dinero de vuelta.
5.8.10
patitas de pollo
Papito querido:
Esta es para vos, que por teléfono me dijiste que estaba muy flaquita. Viendo esta foto vas a ver que no es para tanto y encima vas a aprender a navegar por esta página, y por muchas otras que funcionan igual. Soy tu anzuelo y este blog - y sobre todo este post (publicación)-, mi carnada.
Probablemente por acá me conozcas de nuevo. Más, otra, otras, todas. Esas facetas de las que hablábamos hace un rato, que una filiación, en general desconoce, o en particular, en este particular.
Leé las instrucciones hasta el final, antes de empezar:
Clická sobre la foto que voy a poner al final de estas líneas, se abrirá una nueva ventana con otro site (otra página) donde vas a ver la foto que te quiero mostrar, completa.
La ventana de mi blog va a continuar abierta, cuando quieras volver, sólo tenés que seleccionar la ventana que dice "las anas". Cuando vuelvas, después de secarte las lágrimas, porque sé que sos de la emoción fácil, seguí paseando por el blog. Cada vez que hagas click sobre algún elemento de la columna central del blog -fotos, títulos, palabras que tengan un color diferente al del cuerpo del texto- la página va a modificarse, si querés volver a la anterior, usá las flechas que tenés en tu programa de navegación -explorer, safari, firefox-. En general estás en el extremo superior izquierdo.
"Volver atrás" te lleva adonde dice.
En cambio, cuando hagas click en cualquier elemento de la columna más fina, a la derecha, se va a abrir otra ventana. Ahí repetimos el procedimiento de la parte de las lágrimas :)
de quién son estas patitas?
Clická aquí y enteráte
Y te acordás de las fotos que estaba sacando en Buenos Aires? son estas: Rio etc
Besos papá!
te quiero
pd: después contame cómo te fue con la navegación.
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