Buscando otra cosa encontré la carpeta MIS ESCRITOS. qué nombre, no me gusta, pero tampoco lo cambio, es como un identificador de esos que vienen con la computadora, mis archivos, mis imágenes, mis escritos. Ahí adentro estaban los cuentitos viejos, escritos en los 90, que tanta pena me había dado perder. Apenas encontré la carpeta me puse a leer algunas cosas, no me parecieron grandiosas, pero tampoco tan malas, las leí como si estuviera leyendo a otra persona.
Entre historias sin terminar, cuentos cortos y textos que imitaban al autor del libro que estaba leyendo, encontré la narración que casi dos décadas después terminó perfilando este blog.
Autorretrato
Si tuviera que describirme a mí misma, debería nombrar uno por uno todos los enanitos que forman parte de mi persona, que habitan en mi interior.
Pueden pensar que estoy loca, pero no lo estoy ¿Ven? este fue el enano paranoico que en seguida se da por aludido, aunque nadie haya dicho una palabra, aunque ni siquiera se haya cruzado un pensamiento fugaz por alguna de las mentes de quienes lo rodean... él prefiere pensar lo peor, y que, por supuesto, ese pensamiento atroz va dirigido a él, porque no sólo es paranoico sino que también es egocéntrico.
Como decía, los enanitos son todo lo que soy, los puedo sentir, los puedo ver cada vez que se asoman. A veces los reconozco fácilmente, otras veces me olvido de que existen, pero ahí están, siempre están.
Son parecidos pero ninguno es igual al otro, como los pitufos, pero estos son verdes. Sus facciones son el espejo de su carácter. Por ejemplo, en este momento apareció el enano detallista, tiene el ceño fruncido y los ojos entornados, como si quisiera ver más allá. Está pendiente de si me olvido de algo, preparado para señalar lo que falta o lo que sobra. Suele aparecer muy seguido, es tremendo, no se le escapa nada, y cuando se junta con el perfeccionista son insoportables, están siempre en guardia, a la espera de algún desliz. Generalmente aparecen juntos, los dos parados de brazos cruzados, con mirada desafiante, alerta. De repente, haciéndose camino entre el detallista y el perfeccionista, apareció el enanito soñador, me viene a rescatar de estos dos inconformistas para llevarme de paseo a algún lugar. A este enano le tengo aprecio, siempre aparece con su mirada risueña y una leve sonrisa instalada en su rostro. Se presenta sin aviso, no es demasiado respetuoso, jamás se detiene a observar dónde o con quién estoy. Me toma de la mano y me lleva lo más lejos posible. Recorremos diversos lugares, un mar azul e infinito con sus aguas tibias y protectoras, alguna selva escondida, una nube negra y densa que me envuelve hasta quitarme el aire, un vacío transparente y profundo en el que si no fuera porque yo lo obligo a volver, se quedaría para siempre.
No sé por qué, me acordé en este momento del enano enamorado ¿enamorado de qué? de cualquier cosa. Puede enamorarse de una planta y de una persona con la misma pasión, él ama la mayor parte de las cosas que se le cruzan por el camino, me gusta porque ama más allá del límite. Para él todo es simple, muchas veces lo espío cuidando que no me vea, ahora está sentado en un rincón, con cara de enamorado, mirando al resto de los enanos que se disputan el poder: el enano racional toma la palabra y se despacha con un discurso impresionante, hasta que viene el enano impulsivo y lo calla de un manotazo, el justiciero en seguida se entromete e intenta aplacar la situación, sin conseguirlo y es ahí cuando se acerca el enano pesimista, con el rostro arrugado por la amargura y los hombros caídos por el desgano, a decir que esto no tiene arreglo, que nunca se van a poder arreglar las cosas, ni con justicia, ni con palabras, ni con nada; y ante semejante espectáculo el enano enamorado, todavía sentado en un rincón, piensa para sí mismo “con un poco de amor, todo se arregla con un poco de amor”.
No me puedo olvidar del enano aventurero, ese sí que me gusta, es valiente, se lanza por la vida para que ésta lo sorprenda, se mete sin pensarlo dos veces, cuando aparece me sube eso que llaman adrenalina, sé que algo va a pasar. El me dice que de eso se trata, que a la vida hay que pasarla por encima, por debajo y por adentro, nunca por el costado, que a las cosas que uno quiere hay que ir a buscarlas, que no vienen solas, se quedan esperando a que uno se abalance sobre ellas, y además me confesó que cuando las cosas ven tanto entusiasmo, tanto coraje junto, se ponen de nuestro lado. Y es cierto, yo lo confirmo cada vez que dejo que mi enano aventurero haga de las suyas. Es simpático y bien fornido, desprejuiciado y desenvuelto, va a paso seguro en busca de emociones. Con él me siento viva. Muchas veces se pone de acuerdo con el enano viajero, el trotamundos incansable que, lógicamente, siempre está bien predispuesto para las aventuras; entre los dos planean un destino y cuando llegan a un acuerdo toman el mando del navío y zaz! allá vamos todos embarcados.
Me quieren convencer a toda costa de que no hay mejor manera de disfrutar la vida. Debo reconocer que no deben esforzarse demasiado para que yo piense igual, pero cada vez que estoy a punto de darles la razón, aparece el enano responsable para hacerme reflexionar, con sus anteojitos ovalados y su voluntad de acero, me repite la perorata de siempre: que en la vida hay cosas más importantes que andar paveando por ahí, que si quiero triunfar y trascender debo esforzarme y asumir mis responsabilidades, que yo tengo un deber en este mundo que tengo que cumplir y que si sigo entreteniéndome con estupideces nunca voy a llegar a nada. En realidad tiene razón, además, que sea responsable no quiere decir que sea autoritario, él acepta el camino que yo elijo, nunca se opuso a que fuera probando distintas opciones hasta descubrir cuál era mi verdadera tarea en esta vida. Me alentó en cada decisión, siempre que la tomase con la seriedad que se merecía. No tengo nada que objetar, salvo que, a veces, sea demasiado responsable y eso no lo opino solamente yo, también lo dicen el enano soñador, el impulsivo, y sobre todo, el enano despreocupado, que está más allá del bien y del mal y que lo único que quiere es que yo la pase bien, mientras eso suceda todo lo demás no tiene importancia. Él es libre, en su cabecita no entran ni los escrúpulos, ni la moral, ni las reglas, ni nada. Para él, la vida se basa exclusivamente en el placer. Desde luego que esta postura siempre es puesta en tela de juicio por los enanos que tienen que ver con las cuestiones del deber, pero al despreocupado no le afecta en lo más mínimo, él se limita a subir y bajar los hombros y a decir “y a mí qué me importa”, después se da media vuelta y se va a jugar con el enano creativo, el artista y el enanito niño que la están pasando de maravilla inventando locuras para divertirse. Espero que no me escuchen los demás, pero estos tres, son unos de mis enanos preferidos, y son los que, en definitiva, más influyeron en las decisiones que tienen que ver con mi forma de vivir y de ganarme la vida. Hicieron un esfuerzo muy grande, me agarraron de pies y manos cuando vieron que el enano del deber; que se fija en lo que piensa el resto de la sociedad, que acepta sin chistar las reglas que alguien alguna vez decidió que eran la única manera de vivir y que se resigna a la normalidad agachando la cabeza, sin preguntarse qué es normal y que es anormal; intentó llevarme con él. Contra viento y marea lucharon para que no me fuera por un camino que yo no elegía. Se aferraron a mí porque confiaron en mi esencia y en mi espíritu más que en mi cerebro. Les voy a estar eternamente agradecida por lo que hicieron, de otra forma, me hubiese asegurado la infelicidad. En realidad sí quisiera que alguien me escuche, quiero que estas palabras le lleguen bien claritas a uno de los enanos, al crítico, que en este momento se hace el sordo y mira para otro lado. Ese es un enano de mierda, es el único enano que realmente aborrezco. Razones me sobran para hacerlo. No sólo no sirve para nada productivo sino que además se empeña en arruinar todos mis intentos y mis logros. Aparece en mis mejores y en mis peores momentos, siempre aparece. Se burla de todo lo que hago, no me deja escribir, ni jugar, ni actuar, ni amar en paz, siempre está ahí para decirme que no sirvo, que nunca voy a llegar a nada, que lo que hago debería darme vergüenza, que nadie me quiere, que me merezco todo lo malo que me sucede y otras mil calamidades. Me atormenta con su sadismo, a mí y a todos mis enanos. Pero es tan grande y poderoso que nos va a llevar un buen tiempo deshacernos de él. (El enano esperanzado me dice al oído que no pierda las ilusiones y que todos me van a ayudar).
Sé que todavía me queda hablar de muchos enanos más, del enano caprichoso, del sexópata, del intelectual, del miedoso, del glotón, del enano chistoso y de muchos otros; todos igualmente importantes. Pido disculpas a todos los que no nombré, no se ofendan, pero el enano cansado, un viejito desdentado que se cansa hasta cuando duerme, tocó la campana, me quiere quitar el lápiz que sostengo con mi mano derecha y me avisa que en un instante va a apagar la luz.
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9.9.12
12.2.12
Redigitalizar o Cómo guardar lo que se creía perdido
Hace varios años, unos... 15 por lo menos, escribí un cuento. "La tía Irma" salió de mi cabeza en una hora y media de encierro en mi cuarto. Ya vengo, le dije a mi hermano, y me fui a sentar a la computadora, mi primer computadora. Cuando salí tenía dos hojas impresas y un cuento. Mi hermano nunca me creyó que ese cuento lo escribí yo, en ese momento. Y a mí nunca me volvió a pasar algo igual. Estar ocupada en algo, decir ya vengo, vomitar una historia con principio, medio y fin, sin premeditación.
Lo llevé años más tarde al taller literario que iba, y no recibí grandes elogios ni duras críticas, era un cuento y lo más impactante era, ahora lo sé, la forma en que salió, por eso a mi hermano le pareció fantástico.
"La tía Irma" se perdió junto con todo mi material escrito durante mis primeros 25 años de vida, recopilados cuidadosamente en una carpeta que hasta hoy se sigue llamando igual: MIS ESCRITOS. Supongo que es la carpeta más importante que tuve y tengo -ahora es otra, pero se llama así-, más importante incluso que mis carpetas de fotos. Tan importante que no entiendo cómo pudo perderse. De todas las cosas guardadas en backups, cosas que parecían escenciales, que merecían ser guardadas y que nunca jamás necesité, ni miré; de todos los archivos almacenados y copiados en unos cuantos disquettes, cds, dvds, la que decía MIS ESCRITOS fue la única que no encontré. Ya hablé sobre este tema en el blog, alguna vez. Creo haber dicho también que me había pasado un buen tiempo digitalizando todo lo que tenía guardado en papel, en cuadernos, en hojas sueltas, porque me parecía más seguro, y ocupaba menos lugar. Tiré todos los papeles, y evidentemente, por algún error que no logro recordar, tiré también todas las copias digitales.
Mi mamá encontró algún que otro papel, una poesía, una reflexión, las obras incompletas de una chica desordenada que guardaba lo que al final no tenía importancia y se deshacía de lo que sí. Hace un tiempo encontré el cuaderno del curso de literatura con la copia que había llevado impresa de la tía Irma. Lo releí, contenta de tenerlo de nuevo, y contenta de confirmar que escribo hace tiempo. Supongo que por la época en que lo escribí estaba leyendo algún libro de Isabel Allende, o alguna escritora latina. Bueno, a redigitalizar a la tía, sin edición, y liberarla en el misterioso espacio de esta maravilla que se llama Internet.
La tía Irma
Esa tarde fuimos a tomar el té a la casa de la tía Irma, la menor de las hermanas. La tía Irma era renga, había quedado coja después de un accidente que tuvo cuando trabajaba en los maizales, hace muchos años atrás. Yo todavía no estaba ni en los planes para ese entonces, pero más tarde, en la época en que estaba aprendiendo la tabla de multiplicar del siete, me contaron que ella solita se había metido debajo de las ruedas de un tractor.
La tía trabajaba en el campo con su primo segundo, con quien parece que no se llevaba demasiado bien, y un día, nadie sabe a ciencia cierta por qué razón, la tía Irma se montó en cólera y se fue a enfrentar a su primo segundo cara a cara. Cegada por su enojo no se percató de que el primo corría con ventaja, ya que venía conduciendo el maltrecho tractor, haciendo la ronda diaria. La tía se piantó en el camino haciéndole frente, echaba fuego por los ojos. Mientras que el primo se acercaba rápidamente gritando palabras que llegaban como gruñidos a los oídos de la tía Irma, y que la hacían enfurecer aun más. La distancia entre los dos se hacía cada vez más corta. El primo gritaba más fuerte y la tía le devolvía un montón de palabrotas que no me está permitido repetir. Lo único que puedo decir es que las últimas palabras que pronunció la tía Irma antes de quedar con las piernas desparejas fueron "yo de acá no me muevo, me tendrás que pasar por encima". Y así fue. Gracias a Dios alcanzó a tirarse para un costado, salvando toda su vida menos un pié, el izquierdo.
Se puede decir que lo que hizo la tía fue muy valiente. Yo más bien diría que fue testadura y, sobretodo, sorda. Porque lo que su primo le repetía, desgarrándose la garganta, era que el tractor se había trabado, que no lo podía detener ni desviar y que, como si fuera poco, se le había atascado un pedazo del pantalón en la rajadura del asiento, así que le era imposible saltar.
La tía Irma jamás lo perdonó, es la única de la familia que no creyó la versión que dio su primo segundo, del que, dicen, era más bueno que el Quaker. Digo era porque una noche, dos años después del accidente, desapareció. Nadie sabe qué pasó con su persona, nadie lo vio salir ni caminar por ahí, nadie lo encontró nunca más en ningún lugar.
Las malas lenguas, que estaban a su favor, dicen que se lo llevó Dios al cielo para darle otra oportunidad. Inesperadamente, las otras malas lenguas, que para llevarle la contra a las primeras se tendrían que haber puesto del lado de la tía Irma, coincidieron por primera vez con sus enemigas. Ellas también aseguran que al primo se lo llevó Dios. Pero para no ser menos que las primeras malas lenguas, éstas aseguran que antes que se lo lleve el Todopoderoso, la tía Irma mató a su primo segundo con sus propias manos, silenciosamente y sin que nadie la vea. Dicen que le puso las manos al cuello con tanta fuerza que en menos de nueve segundos el pobre dejó de respirar. Dios le dejó el trabajo sucio a la tía Irma y después se lo llevó silbando bajito, como quien no quiere la cosa.
Al final, con tantas historias, yo no sé a quien creerle. Para colmo, después de la desaparición del primo a la tía le agarró amnesia, o por lo menos eso dice ella.
Tengo que confesar que lo que a mí más me intriga es saber por qué se había enojado tanto la tía Irma. También hay diferentes versiones sobre este asunto, pero las voy a dejar pendientes porque, en realidad, lo que yo quería contar desde un principio era que esa tarde, cuando nos reunimos a tomar el té en lo de la tía Irma, la abuela Memé, que en realidad no es mi abuela pero yo la quiero como si lo fuera, nos contó la historia de Manuel, el afilador de cuchillos.
Lo llevé años más tarde al taller literario que iba, y no recibí grandes elogios ni duras críticas, era un cuento y lo más impactante era, ahora lo sé, la forma en que salió, por eso a mi hermano le pareció fantástico.
"La tía Irma" se perdió junto con todo mi material escrito durante mis primeros 25 años de vida, recopilados cuidadosamente en una carpeta que hasta hoy se sigue llamando igual: MIS ESCRITOS. Supongo que es la carpeta más importante que tuve y tengo -ahora es otra, pero se llama así-, más importante incluso que mis carpetas de fotos. Tan importante que no entiendo cómo pudo perderse. De todas las cosas guardadas en backups, cosas que parecían escenciales, que merecían ser guardadas y que nunca jamás necesité, ni miré; de todos los archivos almacenados y copiados en unos cuantos disquettes, cds, dvds, la que decía MIS ESCRITOS fue la única que no encontré. Ya hablé sobre este tema en el blog, alguna vez. Creo haber dicho también que me había pasado un buen tiempo digitalizando todo lo que tenía guardado en papel, en cuadernos, en hojas sueltas, porque me parecía más seguro, y ocupaba menos lugar. Tiré todos los papeles, y evidentemente, por algún error que no logro recordar, tiré también todas las copias digitales.
Mi mamá encontró algún que otro papel, una poesía, una reflexión, las obras incompletas de una chica desordenada que guardaba lo que al final no tenía importancia y se deshacía de lo que sí. Hace un tiempo encontré el cuaderno del curso de literatura con la copia que había llevado impresa de la tía Irma. Lo releí, contenta de tenerlo de nuevo, y contenta de confirmar que escribo hace tiempo. Supongo que por la época en que lo escribí estaba leyendo algún libro de Isabel Allende, o alguna escritora latina. Bueno, a redigitalizar a la tía, sin edición, y liberarla en el misterioso espacio de esta maravilla que se llama Internet.
La tía Irma
Esa tarde fuimos a tomar el té a la casa de la tía Irma, la menor de las hermanas. La tía Irma era renga, había quedado coja después de un accidente que tuvo cuando trabajaba en los maizales, hace muchos años atrás. Yo todavía no estaba ni en los planes para ese entonces, pero más tarde, en la época en que estaba aprendiendo la tabla de multiplicar del siete, me contaron que ella solita se había metido debajo de las ruedas de un tractor.
La tía trabajaba en el campo con su primo segundo, con quien parece que no se llevaba demasiado bien, y un día, nadie sabe a ciencia cierta por qué razón, la tía Irma se montó en cólera y se fue a enfrentar a su primo segundo cara a cara. Cegada por su enojo no se percató de que el primo corría con ventaja, ya que venía conduciendo el maltrecho tractor, haciendo la ronda diaria. La tía se piantó en el camino haciéndole frente, echaba fuego por los ojos. Mientras que el primo se acercaba rápidamente gritando palabras que llegaban como gruñidos a los oídos de la tía Irma, y que la hacían enfurecer aun más. La distancia entre los dos se hacía cada vez más corta. El primo gritaba más fuerte y la tía le devolvía un montón de palabrotas que no me está permitido repetir. Lo único que puedo decir es que las últimas palabras que pronunció la tía Irma antes de quedar con las piernas desparejas fueron "yo de acá no me muevo, me tendrás que pasar por encima". Y así fue. Gracias a Dios alcanzó a tirarse para un costado, salvando toda su vida menos un pié, el izquierdo.
Se puede decir que lo que hizo la tía fue muy valiente. Yo más bien diría que fue testadura y, sobretodo, sorda. Porque lo que su primo le repetía, desgarrándose la garganta, era que el tractor se había trabado, que no lo podía detener ni desviar y que, como si fuera poco, se le había atascado un pedazo del pantalón en la rajadura del asiento, así que le era imposible saltar.
La tía Irma jamás lo perdonó, es la única de la familia que no creyó la versión que dio su primo segundo, del que, dicen, era más bueno que el Quaker. Digo era porque una noche, dos años después del accidente, desapareció. Nadie sabe qué pasó con su persona, nadie lo vio salir ni caminar por ahí, nadie lo encontró nunca más en ningún lugar.
Las malas lenguas, que estaban a su favor, dicen que se lo llevó Dios al cielo para darle otra oportunidad. Inesperadamente, las otras malas lenguas, que para llevarle la contra a las primeras se tendrían que haber puesto del lado de la tía Irma, coincidieron por primera vez con sus enemigas. Ellas también aseguran que al primo se lo llevó Dios. Pero para no ser menos que las primeras malas lenguas, éstas aseguran que antes que se lo lleve el Todopoderoso, la tía Irma mató a su primo segundo con sus propias manos, silenciosamente y sin que nadie la vea. Dicen que le puso las manos al cuello con tanta fuerza que en menos de nueve segundos el pobre dejó de respirar. Dios le dejó el trabajo sucio a la tía Irma y después se lo llevó silbando bajito, como quien no quiere la cosa.
Al final, con tantas historias, yo no sé a quien creerle. Para colmo, después de la desaparición del primo a la tía le agarró amnesia, o por lo menos eso dice ella.
Tengo que confesar que lo que a mí más me intriga es saber por qué se había enojado tanto la tía Irma. También hay diferentes versiones sobre este asunto, pero las voy a dejar pendientes porque, en realidad, lo que yo quería contar desde un principio era que esa tarde, cuando nos reunimos a tomar el té en lo de la tía Irma, la abuela Memé, que en realidad no es mi abuela pero yo la quiero como si lo fuera, nos contó la historia de Manuel, el afilador de cuchillos.
25.4.11
fotografia falada
Vestido verde de tafetá
Cabelo grisalho, olhar perdido
Flores vermelhas numa sacola de supermercado
Sentada na beira da calçada
Ela espera sozinha
No dia de São Sebastião
16.3.11
palabras de infancia
La felicidad terminó cuando el cielo no fue de los pájaros, sino de los aviones, cuando el agua no fue de los peces sino de los barcos y los pescadores, terminó cuando la tierra no fue de los animales, sino del intruso más sádico, el hombre. Fue el último en aparecer, el último en poner los pies sobre la tierra, y el primero en dar las órdenes. Ana, 23-2-89
13.11.10
La casa
existe, existió, es real, todo lo es, lo fue, qué es real?
para entender más: lea el cuento que sigue abajo.
para entender más: lea el cuento que sigue abajo.
10.11.10
6 de 108 sucesos en Rio de janeiro >>El Sabio de la Montaña Dois Irmãos
Miles, tal vez millares de años atrás, parece que la tierra respiraba por la cadena montañosa de los Andes. Sí, la tierra, como nosotros, respira, y lo hace a través de sus dos mayores prominencias, los Andes y los Himalayas. Como también nos pasa a nosotros, respira alternadamente más por un conducto que por otro. Los últimos 5 mil años lo hizo por los Himalayas, y por eso, supuestamente, el gran desarrollo espiritual de la humanidad durante esos años, se dio en Oriente. Dicen, también, que estamos entrando en una nueva era, en la que el globo terráqueo volverá a respirar por nuestra cordillera americana. Eso quiere decir que los grandes cambios de la humanidad surgirán de este lado del planeta.
En el período de respiración andina, tiempo atrás, exisitió un Guru, el Sabio de la Montaña Dois Irmãos, que habitaba el litoral carioca, entre la Playa de Ipanema y São Conrado. Este Sabio tuvo una influencia tremenda en los seres que lo rodearon en sus distintas encarnaciones. Tuve la dicha, la suerte, el toque del destino, de encontrar la última encarnación del Guru, que todos los días de sol se mezcla entre los frecuentadores de la playa de Ipanema.
En el período de respiración andina, tiempo atrás, exisitió un Guru, el Sabio de la Montaña Dois Irmãos, que habitaba el litoral carioca, entre la Playa de Ipanema y São Conrado. Este Sabio tuvo una influencia tremenda en los seres que lo rodearon en sus distintas encarnaciones. Tuve la dicha, la suerte, el toque del destino, de encontrar la última encarnación del Guru, que todos los días de sol se mezcla entre los frecuentadores de la playa de Ipanema.
Por acaso, una tarde lo vi, después de medio año de no cruzarlo, era la tarde en que había hecho una oferta para comprar un caserón gigantezo y completamente destruido, vendido a precio de bananas, en el barrio de Santa Teresa, mi barrio por ese entonces. La respuesta me la darían al día siguiente. La casa tenía unos 130 metros cuadrados, 4 cuartos, un living como para poner una sala de danza, patio, posibilidad de construir encima y un árbol enraizado en una de las paredes. En mi cabeza ya había proyectado la reforma de la casa, las fiestas, el taller de manualidades, el ventanal de mi cuarto con vista a la catedral y el jardín con pileta. Sabía que la casa tenía mucho potencial y podría dejarla hermosa y valorizada en un año. Le conté al Sabio de mi casa y me dijo que precisaba tirarme el Tarot de Ganesha. 5 cartas salieron, y entre ellas, Las Torres, cientos de torres atiborradas, negras, entrelazadas por avenidas que parecían tentáculos. Cuidado con esa casa me dijo y me invitó a pasar un tiempo en su guarida, el tiempos fueron horas, noche. En plena madrugada, antes de salir, vi las cartas del tarot desparramadas en el suelo, viradas boca abajo. Eran 79 cartas y yo, sin permiso, elegí una. Al darla vuelta vi, de nuevo, Las torres. Me fui corriendo, asustada.
Al llegar a mi casa me enteré de que el teléfono no funcionaba, ni tampoco Internet. Mi celular estaba muerto, sin batería y el maldito cargador que estaba desaparecido desde hacía varios días. Mi casa quedaba arriba de la montaña, en Santa, y una vez que se llegaba ya no se salía, o si se salía no se volvía, y yo acababa de llegar. Me pasé el día completamente incomunicada. Sin saber sobre el veredicto de mi oferta, sin saber de nada.
La casa no se dio, la persona que había hipotecado la casa -sí, tenía una hipoteca que iba a ser paga con parte de mi plata- al enterarse del precio por el cual la propiedad iba a ser vendida, prefirió quedársela y pagar la diferencia. Final de la historia. Chau caserón con jardín y pileta, chau fiestas y salón de baile, y lo peor de todo, vuelta al ruedo de la búsqueda del hogar con poca plata en pleno mes de carnaval carioca, sin familiares que me ayudaran a visitar las locaciones y con la soga al cuello por tener que salir de mi casa a fin de mes. Cuando le conté, días más tarde, al Sabio de la Montaña lo que había pasado, me dijo: tendrías que usar tu apellido, acaso no sos judía? hay miles de judíos millonarios en esta ciudad, con departamentos para repartir hasta entre los tataranietos, que te den uno...
Su comentario, como buena judía, no sólo me molestó sino que me pareció absurdo. No le conté más nada.
A la mañana siguiente, como todas las benditas mañanas, chequeaba los departamentos en venta en los anuncios clasificados por Internet. Monoambientes oscuros, un cuarto mal ubicado, dos cuartos en la entrada de la favela, precios mal publicados, lo habitual. Sólo una foto me llamó la atención, por la pared de azulejos portugueses. Llamé y marqué para las 10.30. El departamento quedaba en Botafogo, en la Rua da Passagem, que como el nombre lo declara, es una calle de paso, sin un sólo árbol, plagada de colectivos y cables de luz. El predio, grande, feo, lleno de departamentos chicos. La pared de azulejos, hermosa, para llevársela y hacerla un cuadro, el resto más o menos, menos que más. Al visitar los departamentos se me activaba un mecanismo de reforma arquitectónica inmediata, tiraba mentalmente paredes, acomodaba hasta los muebles que todavía tengo guardados en una baulera porteña y no me resigno a soltar. Si algo no entraba, el departamento no funcionaba. Y ese tampoco funcionó. Pero algo en mí, tal vez mi simple desesperación por conseguir una casa, hizo que la vendedora me insistiera hasta el hartazgo para que fuera a hacer una oferta a la inmobiliaria, que hablara con su jefe, que hiciera una propuesta, hacía mucho que alguien no me incitaba a hacer algo con tanta determinación. Yo no tenía nada más que hacer, estaba cerca y de moto, nada que perder.
Me hizo pasar a la sala de reuniones, me convidó agua y me dijo que su jefe ya se reuniría conmigo. Cuando se abrió la puerta ví la cara de mi padre en otro hombre, mis ojos eran el espejo de los suyos. Isaak Chamovitz, bom dia, me dijo mientras me extendía la mano, Ana Schlimovich buenos días, balbuceaba atónita en pleno apretón de manos. No llegamos a un acuerdo sobre los azulejos portugueses, el precio era irrebajable y a mí no me gustaba tanto como para regatear con eficiencia. La conversación se derivó a las razones de mi venida a Rio, al origen de nuestros apellidos y a mi preocupación ante la dificultad de encontrar una casa. Mi rostro debe haber adquirido las facciones que se me forman cuando represento mi reconocido papel victimario, legendario por generaciones, pasado de una a otra con sumo cuidado para que no se extravíe en el camino el más mínimo detalle. El señor Isaak casi redondeaba nuestro encuentro pidiéndole a su asistente que se fijara si había algún inmueble con las características del que yo buscaba, o del que podía acceder. Es muy difícil me decía, y yo casi me deshacía en lágrimas... pero tal vez tenga un departamento que le pueda interesar... en realidad se lo estaba reservando a mi hijo menor, que vive en Meier y quiero traerlo a la zona Sul... pero si te gusta, es tuyo.
Como me dio la dirección exacta para verlo al día siguiente, inmediatamente me fui a la calle Senador Corrêa, una callecita arbolada de dos cuadras, divididas las dos por una de las plazas más encantadoras de Rio de Janeiro. Petunia es el nombre del edificio, y su entrada está íntegramente forrada de un mosaico artesanal, en colores tierra, amarillos, rosas. Hay un banco en el hall, para sentarse a ver la gente pasar, para tomar el fresco del jardín de plantas que adorna la entrada. Y el departamento, desde el cual ahora escribo, con Ganesha como testigo estampado en una tela india con lentejuelas bordadas frente a mi computadora, tiene molduras en el techo, piso de madera, vecinos demasiado cerca –eso sí- y un baño y una cocina con lavadero que acabo de terminar de reformar. A diario me imagino presa en aquella casa de Santa Teresa, conviviendo por dos años con obreros, electricistas, y personal de la construcción con el que tuve que lidiar por unos pocos meses. Me salvé, me salvaron, me convertí en la fan número uno del Sabio de la Montaña Dois Irmãos, hasta que comentí el grave error de enamorarme de él.
La casa no se dio, la persona que había hipotecado la casa -sí, tenía una hipoteca que iba a ser paga con parte de mi plata- al enterarse del precio por el cual la propiedad iba a ser vendida, prefirió quedársela y pagar la diferencia. Final de la historia. Chau caserón con jardín y pileta, chau fiestas y salón de baile, y lo peor de todo, vuelta al ruedo de la búsqueda del hogar con poca plata en pleno mes de carnaval carioca, sin familiares que me ayudaran a visitar las locaciones y con la soga al cuello por tener que salir de mi casa a fin de mes. Cuando le conté, días más tarde, al Sabio de la Montaña lo que había pasado, me dijo: tendrías que usar tu apellido, acaso no sos judía? hay miles de judíos millonarios en esta ciudad, con departamentos para repartir hasta entre los tataranietos, que te den uno...
Su comentario, como buena judía, no sólo me molestó sino que me pareció absurdo. No le conté más nada.
A la mañana siguiente, como todas las benditas mañanas, chequeaba los departamentos en venta en los anuncios clasificados por Internet. Monoambientes oscuros, un cuarto mal ubicado, dos cuartos en la entrada de la favela, precios mal publicados, lo habitual. Sólo una foto me llamó la atención, por la pared de azulejos portugueses. Llamé y marqué para las 10.30. El departamento quedaba en Botafogo, en la Rua da Passagem, que como el nombre lo declara, es una calle de paso, sin un sólo árbol, plagada de colectivos y cables de luz. El predio, grande, feo, lleno de departamentos chicos. La pared de azulejos, hermosa, para llevársela y hacerla un cuadro, el resto más o menos, menos que más. Al visitar los departamentos se me activaba un mecanismo de reforma arquitectónica inmediata, tiraba mentalmente paredes, acomodaba hasta los muebles que todavía tengo guardados en una baulera porteña y no me resigno a soltar. Si algo no entraba, el departamento no funcionaba. Y ese tampoco funcionó. Pero algo en mí, tal vez mi simple desesperación por conseguir una casa, hizo que la vendedora me insistiera hasta el hartazgo para que fuera a hacer una oferta a la inmobiliaria, que hablara con su jefe, que hiciera una propuesta, hacía mucho que alguien no me incitaba a hacer algo con tanta determinación. Yo no tenía nada más que hacer, estaba cerca y de moto, nada que perder.
Me hizo pasar a la sala de reuniones, me convidó agua y me dijo que su jefe ya se reuniría conmigo. Cuando se abrió la puerta ví la cara de mi padre en otro hombre, mis ojos eran el espejo de los suyos. Isaak Chamovitz, bom dia, me dijo mientras me extendía la mano, Ana Schlimovich buenos días, balbuceaba atónita en pleno apretón de manos. No llegamos a un acuerdo sobre los azulejos portugueses, el precio era irrebajable y a mí no me gustaba tanto como para regatear con eficiencia. La conversación se derivó a las razones de mi venida a Rio, al origen de nuestros apellidos y a mi preocupación ante la dificultad de encontrar una casa. Mi rostro debe haber adquirido las facciones que se me forman cuando represento mi reconocido papel victimario, legendario por generaciones, pasado de una a otra con sumo cuidado para que no se extravíe en el camino el más mínimo detalle. El señor Isaak casi redondeaba nuestro encuentro pidiéndole a su asistente que se fijara si había algún inmueble con las características del que yo buscaba, o del que podía acceder. Es muy difícil me decía, y yo casi me deshacía en lágrimas... pero tal vez tenga un departamento que le pueda interesar... en realidad se lo estaba reservando a mi hijo menor, que vive en Meier y quiero traerlo a la zona Sul... pero si te gusta, es tuyo.
Como me dio la dirección exacta para verlo al día siguiente, inmediatamente me fui a la calle Senador Corrêa, una callecita arbolada de dos cuadras, divididas las dos por una de las plazas más encantadoras de Rio de Janeiro. Petunia es el nombre del edificio, y su entrada está íntegramente forrada de un mosaico artesanal, en colores tierra, amarillos, rosas. Hay un banco en el hall, para sentarse a ver la gente pasar, para tomar el fresco del jardín de plantas que adorna la entrada. Y el departamento, desde el cual ahora escribo, con Ganesha como testigo estampado en una tela india con lentejuelas bordadas frente a mi computadora, tiene molduras en el techo, piso de madera, vecinos demasiado cerca –eso sí- y un baño y una cocina con lavadero que acabo de terminar de reformar. A diario me imagino presa en aquella casa de Santa Teresa, conviviendo por dos años con obreros, electricistas, y personal de la construcción con el que tuve que lidiar por unos pocos meses. Me salvé, me salvaron, me convertí en la fan número uno del Sabio de la Montaña Dois Irmãos, hasta que comentí el grave error de enamorarme de él.
19.8.10
5 de 108 sucesos en Rio de Janeiro >> El Fusca (parte final)
El sábado amaneció radiante, y yo otro tanto. Finalmente era propietaria de un auto, un fusca! según Daniel me quedaba hermoso el modelito. Tenía que ir a Tijuca, un barrio tradicional de la clase media de Río, adonde nunca había ido. El patito me esperaba tal como lo había dejado. Encendió de primera y nada le costó descender la cuesta, sus frenos eran infalibles, yo cantaba, sonreía, aspiraba con gusto el aire cálido de un día que prometía alcanzar los treinta y largos grados. Bajé por la calle de mi casa, la Rua Joaquim Murtinho, por donde pasa el bondinho, el único tranvía de Brasil que todavía rueda y lo hace nada menos que por la puerta de mi casa. Llegué hasta Lapa y tomé la Mem de Sá, la calle que me dejaría recto en el corazón de Tijuca, donde tenía que ir a ver una prometedora cama que compré por Mercado Libre, sin foto, pero con una favorabilísima descripción. Un poco antes de llegar a Praça Vermelha, paré a comprar yeso en una casa de materiales de constucción, estaba en época de construcción de mi futuro cuarto permanente y quería recauchutar la pared donde se ubicaría la cabecera de la cama. Auto nuevo, cuarto nuevo, fuerzas renovadas. Cuando volví al fusca el maldito no arrancó. Ni la primera, ni la segunda, ni la tercera ni ninguna de las veces que le di marcha. Bueno, calma, me dije, no pasa nada. Y le pedí a unos muchachos que me empujaran, se juntaron unos tres y al segundo intento el autito arrancó despidiendo unos ruidos extrañísimos, como unas explosiones secas, como si el patito estuviera tosiendo fuerte, echando hacia afuera su catarro añejo. Agradecí con la mano estirada fuera de la ventana y seguí camino con un dejo de rabia y preocupación. Emociones que aumentaban a medida que el asiento iba poquito a poco deslizándose hacia atrás, hasta que ya no llegaba a los pedales por más que me recostara, aferrándome al volante como único medio de sujeción. Reacomodar la butaca significaba tironear hacia adelante y hacia arriba con pequeños saltitos, a la larga llegaba al tope y apretaba la palanca que supuestamente impediría que el asiento se moviera del lugar, pero la distancia elegida duraba cada vez menos, lo que aumentaba mi enojo y mi transpiración.
Llegué finalmente a Tijuca, un barrio de casas y cuadras arboladas, no fue ningún problema encontrar la dirección. Me atendió una señora, la madre del vendedor, que me hizo pasar hasta el cuarto donde se encontraba mi futura cama. O mi portugues era realmente escaso o la descripción del chico era una farsa, producto de su imaginación y sus artilugios de venta. O mi característica compulsividad a la hora de comprar cuando necesitaba de alguna cosa me cegaba ante la realidad, de la cama, del fusca. Probablemente un poco de todo, pero la cama de caoba brillante con una línea dorada coronando la cabecera, parecida a la línea metálica que le faltaba al fusca blanco de la plaza de venta pública, fue demasiado. La amable señora seguía hablando sobre las virtudes de la cama cuando yo me di la vuelta y rápidamente le agradecí su atención y le expliqué que el producto simplemente no colmaba mis expectativas.
Subí al fusca, acalorada bajo el sol del casi mediodía, furiosa por mi ingenuidad y esa impulsividad incontenible que absolutamente siempre terminaba en una gran pérdida de, en el mejor de los casos, tiempo.
No arrancó. El maldito autito no arrancó. Tuve que esperar un buen rato a que pasara alguien que no solo quisiera sino que pudiera empujar. El barrio parecía ser habitado por personas mayores o mujeres paseando hijos en carritos, ningún hombre apto para las tareas de fuerza decidió caminar ese sábado por esa tranquila callecita de Tijuca. Respiré hondo varias veces conteniendo las lágrimas que los vidrios sin polarizar dejarían liberadas a la vista de los inútiles transeúntes. Salí del auto porque estar adentro me hacía odiarlo más, pero principalmente porque el calor era insoportable. En eso pasa una pareja de amigos con los músculos suficientes para empujarme unas buenas cuadras. Les pedí ayuda con mi más encantador sutaque extranjero, mirándolos más a los brazos forzudos que a los ojos, y como mi plegaria fue casi una órden, no les quedó opción. Arrancó enseguida el fusquita y cuando quise sacar la mano por la ventanilla para agradecer el esfuerzo tuve que retener el gesto porque me había quedado con el volante en la mano. El volante y todo el cuerpo metálico que lo sostiene se había arrancado de cuajo. La puta que te recontra parió Severino del orto. Y todas las malas palabras aprendidas se me salían como espuma por la boca, sumado el miedo, el desconcierto y la desolación por haber adquirido una verdadera chatarra de color taxi.
Llegué al centro sosteniendo el volante, haciendo maniobras inadmisibles para conducir el carro, rezando para que encima no se apagara. Pero lo hizo. El auto sin volante además se apagó. Y un señor salió a mi rescate como un mecánico alado salido de algún mágico lugar, algo más significativo que un ángel para mí, en ese momento, en ese estado. Buscó sus herramientas en su auto y ajustó el tornillo caído que sostenía todo el aparataje del volante, un largo y único tornillo que ni siquiera tenía tuerca. Cuando le dije que lo había comprado el día anterior me miró con una seriedad que no dejaba claro si estaba esperando que yo le dijera que era broma o si estaba apavorado por mi incredulidad. En todo caso, me preguntó si no lo había hecho revisar antes, y al recordar la cantidad de ojos que pasaron por la aprobación y desaprobación del auto, tartamudeé y ni sé lo que le contesté. Antes de ayudarme a empujar para que arranque, el ángel de la llave Nro 12 me pidió mi teléfono y mi dirección de orkut. Ante mi negativa dupla no le quedó otra que empujar igual, con otros dos a los que acopló a la misiva. Subí alguna de las cuestas que me llevaban a lo alto de mi barrio, laberintos ascendentes que yo no conocía y que me encontraban al momento en una posición desfavorable para descubrir el acertijo. Me perdí tantas veces como las que el auto se apagó. Llegué a mi casa con la cara y el temple tan desencajados como el volante de la inútil chatarra con la que me podría haber matado.
El paraibano no atendió el teléfono en ese día sabático. Recién cuando salió la primera estrella pude dar con él. Un castigo de mal gusto por ser una judía tan poco practicante.
- Quiero mi dinero de vuelta.
Llegué finalmente a Tijuca, un barrio de casas y cuadras arboladas, no fue ningún problema encontrar la dirección. Me atendió una señora, la madre del vendedor, que me hizo pasar hasta el cuarto donde se encontraba mi futura cama. O mi portugues era realmente escaso o la descripción del chico era una farsa, producto de su imaginación y sus artilugios de venta. O mi característica compulsividad a la hora de comprar cuando necesitaba de alguna cosa me cegaba ante la realidad, de la cama, del fusca. Probablemente un poco de todo, pero la cama de caoba brillante con una línea dorada coronando la cabecera, parecida a la línea metálica que le faltaba al fusca blanco de la plaza de venta pública, fue demasiado. La amable señora seguía hablando sobre las virtudes de la cama cuando yo me di la vuelta y rápidamente le agradecí su atención y le expliqué que el producto simplemente no colmaba mis expectativas.
Subí al fusca, acalorada bajo el sol del casi mediodía, furiosa por mi ingenuidad y esa impulsividad incontenible que absolutamente siempre terminaba en una gran pérdida de, en el mejor de los casos, tiempo.
No arrancó. El maldito autito no arrancó. Tuve que esperar un buen rato a que pasara alguien que no solo quisiera sino que pudiera empujar. El barrio parecía ser habitado por personas mayores o mujeres paseando hijos en carritos, ningún hombre apto para las tareas de fuerza decidió caminar ese sábado por esa tranquila callecita de Tijuca. Respiré hondo varias veces conteniendo las lágrimas que los vidrios sin polarizar dejarían liberadas a la vista de los inútiles transeúntes. Salí del auto porque estar adentro me hacía odiarlo más, pero principalmente porque el calor era insoportable. En eso pasa una pareja de amigos con los músculos suficientes para empujarme unas buenas cuadras. Les pedí ayuda con mi más encantador sutaque extranjero, mirándolos más a los brazos forzudos que a los ojos, y como mi plegaria fue casi una órden, no les quedó opción. Arrancó enseguida el fusquita y cuando quise sacar la mano por la ventanilla para agradecer el esfuerzo tuve que retener el gesto porque me había quedado con el volante en la mano. El volante y todo el cuerpo metálico que lo sostiene se había arrancado de cuajo. La puta que te recontra parió Severino del orto. Y todas las malas palabras aprendidas se me salían como espuma por la boca, sumado el miedo, el desconcierto y la desolación por haber adquirido una verdadera chatarra de color taxi.
Llegué al centro sosteniendo el volante, haciendo maniobras inadmisibles para conducir el carro, rezando para que encima no se apagara. Pero lo hizo. El auto sin volante además se apagó. Y un señor salió a mi rescate como un mecánico alado salido de algún mágico lugar, algo más significativo que un ángel para mí, en ese momento, en ese estado. Buscó sus herramientas en su auto y ajustó el tornillo caído que sostenía todo el aparataje del volante, un largo y único tornillo que ni siquiera tenía tuerca. Cuando le dije que lo había comprado el día anterior me miró con una seriedad que no dejaba claro si estaba esperando que yo le dijera que era broma o si estaba apavorado por mi incredulidad. En todo caso, me preguntó si no lo había hecho revisar antes, y al recordar la cantidad de ojos que pasaron por la aprobación y desaprobación del auto, tartamudeé y ni sé lo que le contesté. Antes de ayudarme a empujar para que arranque, el ángel de la llave Nro 12 me pidió mi teléfono y mi dirección de orkut. Ante mi negativa dupla no le quedó otra que empujar igual, con otros dos a los que acopló a la misiva. Subí alguna de las cuestas que me llevaban a lo alto de mi barrio, laberintos ascendentes que yo no conocía y que me encontraban al momento en una posición desfavorable para descubrir el acertijo. Me perdí tantas veces como las que el auto se apagó. Llegué a mi casa con la cara y el temple tan desencajados como el volante de la inútil chatarra con la que me podría haber matado.
El paraibano no atendió el teléfono en ese día sabático. Recién cuando salió la primera estrella pude dar con él. Un castigo de mal gusto por ser una judía tan poco practicante.
- Quiero mi dinero de vuelta.
1.8.10
5 de 108 sucesos en Rio de Janeiro >> El Fusca (parte IV)
Para leer las 3 partes anteriores de este cuento: click aqui.
(foto: Brigitte Vuosso)
(foto: Brigitte Vuosso)
A las dos de la tarde del viernes llego al taller y me lo encuentro a Severino. El mecánico, un morocho gigante apunta el pulgar para arriba y me dice que vaya tranquila, que etsá todo ok. - Bom, vai ficar com ele ou não? me dice Severino ya sin paciencia y evidentemente agotado con el manipuleo del fusca. Me lo quedo, dije, igualmente agotada, pensando en la traba de volante que ya había comprado en el Saara –el once de Río- esa misma mañana. Volvió a cambiarme los papeles del auto por los billetes que saqué del portavalores que llevaba debajo del jean, volví a adelantar el asiento hasta el tope, con un considerable esfuerzo, lo dejé en la parada del Metro de Flamengo y me fui a casa, un poco contenta, un poco asustada, un poco arrepentida. El fusca subió a Santa Teresa magistral, hasta con elegancia. Estacioné frente a la placita de la esquina, estrené la tranca, cerré la puerta con cuidado, lo miré con cariño, orgullosa, deseándole las buenas noches en su nuevo vecindario, donde seguramente se sentiría a gusto, rodeado de otros tantos como él, escarabajos coloridos, más o menos desvencijados.
27.7.10
5 de 108 sucesos en Rio de Janeiro >> El Fusca (parte III)
Para leer la primera parte de este cuento: click aqui. Y la segunda, aqui.
Al otro día lo llamé a Severino, le anuncié mi inminente interés en el carro y mi imposibilidad de pagar la suma que me pedía, dato real, lo cual le otorgaba a mi discurso el peso de la verdad. En un portugués de pronunciación casi indescifrable para mí, tuvo que repetirme varias veces las razones por las que no podía moverse del valor, que él había pagado 2 mil reales por el auto, y que le había puesto mil quinientos más encima, que él se dedicaba a esto, que ninguno de sus clientes jamás se había quejado de sus adquisiciones y que podía preguntarles a los porteros de la cuadra, dos de ellos, compradores de fuscas de Severino. A mí el gordo me inspiraba ternura, y hasta lástima, encontraba graciosa su forma de hablar y confiable el hecho de ser de Paraíba, confieso que sus lloriqueos me convencían de que el precio era justo y que sólo me salvaba el hecho de no contar con esa suma. Me rebajó a 3.300 y me pareció bien, en mi condición de regateadora practicante, sumado el aliciente de mis raíces judías, quedé conforme con la rebaja. Mi amigo Rodrigo, con quien comparto la casa, brasilero, curitibano, luterano y gay, no pensó lo mismo. Le parecía caro y me aconsejaba buscar con más calma, recomendación que no sólo no podía seguir sino que me sacaba de quicio por el hecho de que él ni siquiera tiene auto, ni gusta de los autos, ni le había dado un vistazo a mi futuro auto. Toda esta información me permitía eximirme de acatar los consejos de una persona que no solo me infunde respeto sino que me demuestra permanentemente tener la razón.
Mi amigo Daniel, en cambio, quedó encantado con la idea y el test del franchute pareció ser la garantía que necesitábamos para finiquitar la operación y motorizarme de una buena vez.
Al otro día lo llamé a Severino, le anuncié mi inminente interés en el carro y mi imposibilidad de pagar la suma que me pedía, dato real, lo cual le otorgaba a mi discurso el peso de la verdad. En un portugués de pronunciación casi indescifrable para mí, tuvo que repetirme varias veces las razones por las que no podía moverse del valor, que él había pagado 2 mil reales por el auto, y que le había puesto mil quinientos más encima, que él se dedicaba a esto, que ninguno de sus clientes jamás se había quejado de sus adquisiciones y que podía preguntarles a los porteros de la cuadra, dos de ellos, compradores de fuscas de Severino. A mí el gordo me inspiraba ternura, y hasta lástima, encontraba graciosa su forma de hablar y confiable el hecho de ser de Paraíba, confieso que sus lloriqueos me convencían de que el precio era justo y que sólo me salvaba el hecho de no contar con esa suma. Me rebajó a 3.300 y me pareció bien, en mi condición de regateadora practicante, sumado el aliciente de mis raíces judías, quedé conforme con la rebaja. Mi amigo Rodrigo, con quien comparto la casa, brasilero, curitibano, luterano y gay, no pensó lo mismo. Le parecía caro y me aconsejaba buscar con más calma, recomendación que no sólo no podía seguir sino que me sacaba de quicio por el hecho de que él ni siquiera tiene auto, ni gusta de los autos, ni le había dado un vistazo a mi futuro auto. Toda esta información me permitía eximirme de acatar los consejos de una persona que no solo me infunde respeto sino que me demuestra permanentemente tener la razón.
Mi amigo Daniel, en cambio, quedó encantado con la idea y el test del franchute pareció ser la garantía que necesitábamos para finiquitar la operación y motorizarme de una buena vez.Lo pensé mejor, sólo pagaría 3 mil reales, si aceptaba, es porque tenía que ser, y sino, seguiría buscando. Para sonar más convincente con mi oferta inventé que debería pagar trescientos reales a la persona que pondría el auto a su nombre porque yo no podía hacerlo sin CPF, el documento más importante de Brasil, más que el de identidad. Lo que en parte era cierto, porque el auto iría a nombre de Daniel. Severino me lloró un rato, me repitió todo lo que había gastado con ese auto, me confesó que saldría perdiendo con esta transacción y aceptó.
Al día siguiente, viernes de nochecita, junto con Daniel, fuimos a buscarlo. Llovía escandalosamente, y el viernes con su tránsito mundialmente atestado, se hacía notar en la ciudad. Llegamos con el fardo de billetes, todos los que tenía, y los cambiamos por el escarabajo amarillo, Daniel completó los papeles, Severino me entregó la llave y se llevó el pasacasette, me dijo que me dejaba un tarrito de silicona en la guantera para sacarle brillo al tablero, nos dimos un apretón de manos y nos fuimos. A Leblon, concordamos, y tomamos por la Praia de Botafogo hasta el shopping RioSul. Y no recuerdo de quién fue la idea de tomar el atajo que cae directo en Copacabana, uno que sube la montaña y que es zona militar. El atajo, como el resto de Río, sostenía una fila infinita de autos que avanzaban muy de vez en cuando.
En la cuesta las cubiertas de los autos rechinaban con cada arranque, y asumo que el fusca debía estar haciendo lo mismo, una, dos, tres veces, puse primera y adelanté unos pocos metros, hasta que el pobre cedió y no volvió a arrancar. Atrás la fila de autos no tenía fin, mi pie no conseguía mantener apretado el freno que por suerte andaba bien. Daniel tuvo que bajarse y guiarme entre los vehículos que se abrían paso para ir deshaciendo el camino, de cola y cuesta abajo. Pensamos que se había quedado sin nafta, porque la aguja del marcador llegaba casi al fondo y nos maldijimos por no haber cargado a tiempo. Entre los nervios y la tentación por lo ridículo y triste de la situación, logramos estacionar el maldito auto al lado del cordón y llamar al maldito Severino, quien por lo menos se mostró preocupado y tomó un colectivo para llegar hasta donde nos quedamos empapándonos. Abrió la puerta del motor y tocó las pocas piezas que siempre se tocan primero, los 5 cables del alternador, las únicas que siempre le vi tocar. Todos los cables en su lugar. Le transmitimos nuestra postura de que seguro el coche se había quedado sin nafta, y aceptándola a medias, se ofreció para ir a buscar. Volvió al rato con una botella, vertió el contenido en la boca de combustible y aspiró la manguera de paso de nafta para hacerla llegar. Nada, ni muestras de querer arrancar. -Debe ser la bovina, dijo. Empujaron el auto y teniéndolo en segunda logré ponerlo en marcha, una vez los tres arriba seguimos viaje hasta la estación de servicio para cargar más. Pero aunque el tanque tuviera 20 reales encima, hubo que volver a empujar. Severino, desconcertado, propuso llevarse el auto para que lo vea su mecánico, allá donde él vive, en un morro a 50 kilómetros de la ciudad. Accedí obviamente y le pedí la devolución del dinero. Y una vez que estuvo todo como al comienzo de la transacción, nos subimos a la camioneta de Daniel y nos fuimos mojados hasta la médula a Leblon, a comer una casquinha de gallina al BB Lanches.

Al día siguiente, viernes de nochecita, junto con Daniel, fuimos a buscarlo. Llovía escandalosamente, y el viernes con su tránsito mundialmente atestado, se hacía notar en la ciudad. Llegamos con el fardo de billetes, todos los que tenía, y los cambiamos por el escarabajo amarillo, Daniel completó los papeles, Severino me entregó la llave y se llevó el pasacasette, me dijo que me dejaba un tarrito de silicona en la guantera para sacarle brillo al tablero, nos dimos un apretón de manos y nos fuimos. A Leblon, concordamos, y tomamos por la Praia de Botafogo hasta el shopping RioSul. Y no recuerdo de quién fue la idea de tomar el atajo que cae directo en Copacabana, uno que sube la montaña y que es zona militar. El atajo, como el resto de Río, sostenía una fila infinita de autos que avanzaban muy de vez en cuando.
En la cuesta las cubiertas de los autos rechinaban con cada arranque, y asumo que el fusca debía estar haciendo lo mismo, una, dos, tres veces, puse primera y adelanté unos pocos metros, hasta que el pobre cedió y no volvió a arrancar. Atrás la fila de autos no tenía fin, mi pie no conseguía mantener apretado el freno que por suerte andaba bien. Daniel tuvo que bajarse y guiarme entre los vehículos que se abrían paso para ir deshaciendo el camino, de cola y cuesta abajo. Pensamos que se había quedado sin nafta, porque la aguja del marcador llegaba casi al fondo y nos maldijimos por no haber cargado a tiempo. Entre los nervios y la tentación por lo ridículo y triste de la situación, logramos estacionar el maldito auto al lado del cordón y llamar al maldito Severino, quien por lo menos se mostró preocupado y tomó un colectivo para llegar hasta donde nos quedamos empapándonos. Abrió la puerta del motor y tocó las pocas piezas que siempre se tocan primero, los 5 cables del alternador, las únicas que siempre le vi tocar. Todos los cables en su lugar. Le transmitimos nuestra postura de que seguro el coche se había quedado sin nafta, y aceptándola a medias, se ofreció para ir a buscar. Volvió al rato con una botella, vertió el contenido en la boca de combustible y aspiró la manguera de paso de nafta para hacerla llegar. Nada, ni muestras de querer arrancar. -Debe ser la bovina, dijo. Empujaron el auto y teniéndolo en segunda logré ponerlo en marcha, una vez los tres arriba seguimos viaje hasta la estación de servicio para cargar más. Pero aunque el tanque tuviera 20 reales encima, hubo que volver a empujar. Severino, desconcertado, propuso llevarse el auto para que lo vea su mecánico, allá donde él vive, en un morro a 50 kilómetros de la ciudad. Accedí obviamente y le pedí la devolución del dinero. Y una vez que estuvo todo como al comienzo de la transacción, nos subimos a la camioneta de Daniel y nos fuimos mojados hasta la médula a Leblon, a comer una casquinha de gallina al BB Lanches.
18.7.10
5 de 108 sucesos en Rio de Janeiro >> El Fusca (parte II)
Para leer la primera parte de este cuento: click aqui
El fusca amarillo andaba mejor, mucho mejor diría yo, que no puedo decir mucho porque no conozco de autos, aunque los manejo desde hace años, pero nunca un auto que tuviera mi edad. Me gustó, le dije a Severino que lo iba a pensar.Después de ese día me olvidé del tema, salí de viaje unos días pensando que otra vez dejaría pasar una buena oportunidad. Pero al volver, el patito seguía estacionado en la puerta del edificio de Erika, brillante, encantador. Decidí que lo mejor era que lo viese alguien que entendiera no sólo de autos, sino de fuscas, y me puse en contacto con Baptiste, un francés estudiante de arquitectura fanático de la línea de vehículos alemana. Él mismo se había comprado un fusca en Rio y cuando le conté de mis ganas de adquirir uno, se ofreció cabalmente a ayudarme con la elección. Pasé por el edificio para dejar avisado que al día siguiente iría con mi mecánico a ver el autito, feliz por la sensación que me propiciaba hacer las cosas como se debe. A las seis de la tarde me sorprendí al ver llegar a Baptiste puntulmente al punto de encuentro que habíamos combinado, la boca del metro de la estación Gloria. Como el metro nos dejaba lejos tomamos un ómnibus y saltamos a poca distancia del edificio de Erika, y de mi promisorio fusquita, que seguía paradito como siempre. El que no estaba era Severino, llegaría daqui a pouco me decían sus colegas, socarrones. Fuimos a esperar a un barcito, donde invité algunas cervezas a modo de agradecimiento y charlamos sobre nuestro corto pasado carioca. Baptiste, es el tipo de francés desaliñado y bien parecido, tan ávido de quitarse la etiqueta parisina como imposibilitado para hacerlo. Me gustaba superficialmente, su cara cuadrada, sus ojos grandes, almendrados, su boca perfecta, su encantador acento que hacía sonar el português todavía más lindo. La cerveza y la libido empezaban a subirse juntas a mi cabeza, pero bastó bajar la vista, recorriendo el atuendo de feria americana, con pocos lavados, e indefectiblemente terminé imaginando el olor de sus calzoncillos y ahí se me terminó la pasión. Volvimos a eso de las ocho para ver si dábamos con Severino. Allí estaba el gordito con cara de bonachón, con llave a mano y disposición. Baptiste se tiró al suelo para revisar el fusca por debajo, de noche, y en la oscura calle Rui Barbosa, calculo que poco habrá podido ver. Pidió para abrir la puerta del motor, que en los fuscas está atrás, y se aferró con fuerza a ese disco redondo que gira cuando el motor está en marcha, manipulado por una cinta gruesa de goma. La importancia de que el disco estuviera firme parecía vital. Estaba. Nos subimos los tres al auto -yo al volante- para sentir el andar. Todavía me costaba meter la tercera, que estaba mucho más a la derecha de lo usual, pero de no ser por eso el auto ya se me había vuelto familiar. El motor soportó la velocidad sin chistar, y Baptiste afirmaba con la cabeza sobre el buen estado del volkswagen, dándome vía libre para seguir adelante con la negociación.Nos fuimos juntos en el Metro, conversando de cualquier cosa, él con la satisfacción de sentirse entendido en un tópico y consultado por ello y yo tranquila con su veredicto sobre mi posible futuro primer auto en Brasil.
El fusca amarillo andaba mejor, mucho mejor diría yo, que no puedo decir mucho porque no conozco de autos, aunque los manejo desde hace años, pero nunca un auto que tuviera mi edad. Me gustó, le dije a Severino que lo iba a pensar.Después de ese día me olvidé del tema, salí de viaje unos días pensando que otra vez dejaría pasar una buena oportunidad. Pero al volver, el patito seguía estacionado en la puerta del edificio de Erika, brillante, encantador. Decidí que lo mejor era que lo viese alguien que entendiera no sólo de autos, sino de fuscas, y me puse en contacto con Baptiste, un francés estudiante de arquitectura fanático de la línea de vehículos alemana. Él mismo se había comprado un fusca en Rio y cuando le conté de mis ganas de adquirir uno, se ofreció cabalmente a ayudarme con la elección. Pasé por el edificio para dejar avisado que al día siguiente iría con mi mecánico a ver el autito, feliz por la sensación que me propiciaba hacer las cosas como se debe. A las seis de la tarde me sorprendí al ver llegar a Baptiste puntulmente al punto de encuentro que habíamos combinado, la boca del metro de la estación Gloria. Como el metro nos dejaba lejos tomamos un ómnibus y saltamos a poca distancia del edificio de Erika, y de mi promisorio fusquita, que seguía paradito como siempre. El que no estaba era Severino, llegaría daqui a pouco me decían sus colegas, socarrones. Fuimos a esperar a un barcito, donde invité algunas cervezas a modo de agradecimiento y charlamos sobre nuestro corto pasado carioca. Baptiste, es el tipo de francés desaliñado y bien parecido, tan ávido de quitarse la etiqueta parisina como imposibilitado para hacerlo. Me gustaba superficialmente, su cara cuadrada, sus ojos grandes, almendrados, su boca perfecta, su encantador acento que hacía sonar el português todavía más lindo. La cerveza y la libido empezaban a subirse juntas a mi cabeza, pero bastó bajar la vista, recorriendo el atuendo de feria americana, con pocos lavados, e indefectiblemente terminé imaginando el olor de sus calzoncillos y ahí se me terminó la pasión. Volvimos a eso de las ocho para ver si dábamos con Severino. Allí estaba el gordito con cara de bonachón, con llave a mano y disposición. Baptiste se tiró al suelo para revisar el fusca por debajo, de noche, y en la oscura calle Rui Barbosa, calculo que poco habrá podido ver. Pidió para abrir la puerta del motor, que en los fuscas está atrás, y se aferró con fuerza a ese disco redondo que gira cuando el motor está en marcha, manipulado por una cinta gruesa de goma. La importancia de que el disco estuviera firme parecía vital. Estaba. Nos subimos los tres al auto -yo al volante- para sentir el andar. Todavía me costaba meter la tercera, que estaba mucho más a la derecha de lo usual, pero de no ser por eso el auto ya se me había vuelto familiar. El motor soportó la velocidad sin chistar, y Baptiste afirmaba con la cabeza sobre el buen estado del volkswagen, dándome vía libre para seguir adelante con la negociación.Nos fuimos juntos en el Metro, conversando de cualquier cosa, él con la satisfacción de sentirse entendido en un tópico y consultado por ello y yo tranquila con su veredicto sobre mi posible futuro primer auto en Brasil.15.7.10
5 de 108 sucesos en Rio de Janeiro >> El Fusca (parte I)

-Seguro que fue taxi. Fue lo primero que me dijo Erika cuando vio el auto. Y en seguida, - esa rueda está tuerta, la viste? No, no la había visto, ni eso ni ninguna otra cosa. Estaba ciega, empecinada en comprar un auto, un fusca, un escarabajo, más que un auto. La compulsión me vino cuando vi que la idea de la moto en Río de Janeiro no iba a ser una buena idea. Una lástima, la ciudad es perfecta para andar en moto, por el clima, el paisaje, las distancias y el tránsito, perfectamente peligrosa. Si yo fuera un ladrón y viese una chica como yo parada en un semáforo, me lanzaría encima sin vacilar. Soy la carnada perfecta. De todas formas la idea, el ideal de la moto, sigue recreándose en mi cabeza. Pero en un rapto de cordura decidí acariocarme un poco más, contar cuántas mujeres andan en moto y esperar que baje el precio de la Honda Biz.
Mientras tanto, me obsesioné con el único fusca de Río de Janeiro que tiene el mismo amarillo patito que los taxis. Con lo que detesto los taxis, histórica y mundialmente, no soy persona de taxi, soy persona de auto propio desde los 13 años, hija de un señor que prefiere tener auto que casa. En la familia, no se tomaba taxi, se manejaba. Después, cuando me mudé a Buenos Aires, manejando entre los taxis, desarrollé una aprensión por el universo del taxi, por los taxistas con sus bracitos colgando del lado de afuera de la puerta, como si llevaran el taxi debajo del brazo, como un diario doblado. Ese bracito que se levanta lento y anuncia un giro a la izquierda en plena Avenida Corrientes, desde el carril más diestro de todos, como si el bracito los absolviera de hacer esa tremenda hijaputez de querer atravesar la calle toda cuando es imposible hacerlo. Lo hacen, doblan, como si nada y ni siquiera dan las gracias. Rajan, para no escuchar la cantidad de puteadas. En el fondo, les gusta, que los pueteen, es una forma de reconocimiento a la que responden con una entrenada indiferencia.
En Río, los taxis son amarillo patito, como mi fusca. Había tres en la cuadra el día que le conté al portero del edificio de Erika que quería comprarme uno. Uno bordó, tunneado al estilo Brazil, la película Brazil, de Terry Gilliam, lleno de mangueras gruesas conectando el motor con no sé qué cosa, unos paragolpes de buggy, vidrios polarizados a negro y faros de fórmula uno. Ese, claro, no estaba a la venta. El otro fusca blanquito, con sus varillas metálicas a los lados de las puertas, bien parado, como dicen los que entienden de autos, prolijo pero no reluciente, ese tampoco estaba. Era el patito el que se vendía, según me dijo el portero que es igual al portero del otro turno, y por eso nunca puedo llamarlo por el nombre, porque el único nombre que me acuerdo es Manuel, y no sé cuál de los dos porteros es Manuel.
El patito estaba a la venta y se notaba porque brillaba, porque le habían sacado todo el lustre posible para venderlo por todos los reales posibles. Y en el vidrio delantero, esa vainilla transparente que no supera los treinta centímetros, estaba pegado Jesús, en letra gótica blanca, tapando la mitad de la visión. Me acerqué para verlo, asientos nuevos, de tela cuadrillé. Me entusiasmé.
- Es el portero del 28, me dijo Manuel o su doble. - Vai lá ver si está. Estaba, justo ese sábado a las 2 de la tarde, Severino, que trabaja de noche, estaba. Salió con la llave Severino, paraibano, regordete, de edad incierta, tranquilamente podría tener entre 25 y 45. Papeles al día, motor 1.600, modelo 75. Uno menos que yo. Lo abrió, lo encendió y me lo ofreció para manejar. Sin saber quién soy. – Cuánto cuesta? Tres mil quinientos, y no me pareció mal. Me senté, me corrió el asiento hasta dejarlo casi abajo del volante, para que pudiera llegar a los pedales. Es profundo el fusca, lo mismo que el recorrido de los pedales.
Era la segunda vez que manejaba un fusca, el primero lo fui a ver con mi amigo Daniel, un loco de los autos que no entiende absolutamente nada de autos, que vive en Río hace cuatro años. A él le parecía tan barato el pobre carro que quería que me lo comprara así sin más, porque era blanco, y tenía un polarizado medio y una calcomanía celeste que hacía el mismo recorrido que la varilla metálica de la puerta, imitándola, reemplazándola, dándole un aire de fusca surfista, canchero. Di una vuelta y me pareció un tractor. Así son los fusca me decía el uruguayo que iba sentado al lado mío y se negaba a hablar en español. 2.600 pedían. No lo compré, y nunca más volví a esa plaza de venta pública de autos particulares, bien al fondo de la Avenida Brasil, donde llegué por indicación de un taxista, una vez que no me quedó otra opción que volver en taxi de noche.
26.5.10
4 de 108 sucesos en Rio de Janeiro >> Los Perros IV
(Si no leyeron los 3 cuentos anteriores, de los 108 sucesos en Rio de Janeiro, es un buen momento para hacerlo.)
Anoche soñé que hacía unas bolitas de carne bien redonditas, todas iguales, del tamaño de una pelota de ping pong. Luego introducía el dedo índice y formaba una cavidad hasta el centro, donde vaciaba una cantidad arbitraria de bolitas negras, chumbinhos frescos para mis perritos.
Desde la puerta de la casa, donde están confinados, a través de la reja, lanzaba pelotitas a los perros hambrientos, que se las devoraban agradecidos, voraces. Mi temor era que no bajaran todos los perros de la casa a comer. Los alrededor de veinte que la ocupan. Ellos solos con toda la casa. Porque después de observar bien, con Rodrigo, llegamos a la conclusión de que la vieja no vive ahí, sólo pasa a dejarles comida a eso de las 8 de la mañana y, a veces, alrededor de las nueve de la noche, los momentos en que los perros más ladran. Hay días, sobre todo los fines de semana, en que la vieja no pasa, y los bichos hambrientos se desgarran la garganta por la hambruna y me destrozan proporcionalmente los tímpanos y la paciencia.
Les lanzaba su comidita sin culpa, casi sintiendo que les estaba haciendo un favor, acabando con su calvario y el de todo el vecindario del silencioso barrio de Santa Teresa cuando no ladran o aúllan los perros de la casa de abajo.
Anoche soñé que hacía unas bolitas de carne bien redonditas, todas iguales, del tamaño de una pelota de ping pong. Luego introducía el dedo índice y formaba una cavidad hasta el centro, donde vaciaba una cantidad arbitraria de bolitas negras, chumbinhos frescos para mis perritos.
Desde la puerta de la casa, donde están confinados, a través de la reja, lanzaba pelotitas a los perros hambrientos, que se las devoraban agradecidos, voraces. Mi temor era que no bajaran todos los perros de la casa a comer. Los alrededor de veinte que la ocupan. Ellos solos con toda la casa. Porque después de observar bien, con Rodrigo, llegamos a la conclusión de que la vieja no vive ahí, sólo pasa a dejarles comida a eso de las 8 de la mañana y, a veces, alrededor de las nueve de la noche, los momentos en que los perros más ladran. Hay días, sobre todo los fines de semana, en que la vieja no pasa, y los bichos hambrientos se desgarran la garganta por la hambruna y me destrozan proporcionalmente los tímpanos y la paciencia.
Les lanzaba su comidita sin culpa, casi sintiendo que les estaba haciendo un favor, acabando con su calvario y el de todo el vecindario del silencioso barrio de Santa Teresa cuando no ladran o aúllan los perros de la casa de abajo.
16.5.10
:: 3 de 108 sucesos en Rio de janeiro >> Los Perros III
(Si no leyeron Los Perros y Los Perros II, es un buen momento para hacerlo)
- Chumbinho! Veneno de rato.
Comeu, morreu.
Um x 5, 3 x deiz. Vem cá, me da 4 aí.
Se me iban los ojos, se me hacía agua la boca.
- Mmm não, tenho que pensar melhor
- Vem cá, me da 4 reais aí.
Ayyy, me hace rebaja, se me hacen irresistibles las rebajas.
- Mmmnão, não, obrigada.
Y salí disparando de la tentación.
- Chumbinho! Veneno de rato.
Comeu, morreu.
Um x 5, 3 x deiz. Vem cá, me da 4 aí.
Se me iban los ojos, se me hacía agua la boca.
- Mmm não, tenho que pensar melhor
- Vem cá, me da 4 reais aí.
Ayyy, me hace rebaja, se me hacen irresistibles las rebajas.
- Mmmnão, não, obrigada.
Y salí disparando de la tentación.
28.4.10
:: 2 de 108 sucesos en Rio de Janeiro >> Los Perros II
Reconozco que no tengo coraje. Ni para iniciar una larga expedición por el camino de la legalidad, acudiendo a fundaciones de protección de animales, a secretarías de sanidad e higiene, al centro vecinal o algún ente que pueda encargarse de sacar estos perros de mi ventana. Menos coraje tengo para envenenarlos. Son demasiados, sería un genocidio, yo que me erizo ante la muerte de miles por decisión ajena.
Un día me propuse investigar un poco el terreno, como tenía que bajar al centro decidí hacerlo por unas escaleras que nunca había utilizado, descienden directamente al supermercado Mundial, sobre la Rua Riachuelo. Atraviesan caseríos que van declinando en belleza a medida que se va llegando al nivel del mar. Es por esas escaleras que se llega a la casa de los perros, por la calle empedrada que se ve desde la terraza de mi casa, donde hay dos fuscas estacionados y ningún otro auto, y, a veces, algunos chicos jugando, pero nada más. La casa de los perros es la última. Me fui acercando despacio, disimulando cualquier intención, y al llegar a la puerta me encuentro con una chica de mi misma edad. Fue ella quien me preguntó a quién buscaba. A la señora que vive acá. –Mi mamá, contestó. No está. Por qué asunto? Y toda mi pretensión de mentir, de armar una historia para no desenmascarar mi plan alternativo se fue al diablo. Abiertamente le confesé que los perros eran insoportables, le mostré la ventana de dónde vivía, le pregunté qué pensaban hacer al respecto. –Sí, sí, estamos queriendo vender la casa y llevar los perros a otro lado, vos no te querés llevar uno? –no, yo los quiero matar a todos, pensé y respondí que no con un movimiento de cabeza. Me dio su teléfono, yo le di el mío y me fui. Vencida, conmovida y sin máscara que me proteja de ningún plan siniestro.
Desde abajo, los ladridos se escuchan menos.
Más adelante, en una cena compartida en casa, Rodrigo manifestaba lo maquiavélico que era mi plan de mezclar chumbinhos -un infalible veneno mata rata, de venta prohibida, que se vende en algunos puntos de la ciudad- con la mejor carne del vecindario. Un banquete inolvidablemente exquisito y mortal. Contaba que había visto un documental donde mostraban cómo los cachorros agonizaban durante 20 terribles minutos antes de estirar la pata. Por qué en lugar de matarlos no les llevás comida? Me dijo con su tono dulcemente luterano. Los cachorros ladran porque tienen hambre. Transformá tu odio e intolerancia en amor, concluyó. Y mi corazón se sintió tan bien ante la imagen de la bandeja de sobras de comida, calmando las fieras, solucionando el problema en forma por demás correcta, justa y compasiva, que dejé de escuchar los ladridos, por unos días, los perros desaparecieron de mi campo sonoro. Los olvidé por completo.
Un día me propuse investigar un poco el terreno, como tenía que bajar al centro decidí hacerlo por unas escaleras que nunca había utilizado, descienden directamente al supermercado Mundial, sobre la Rua Riachuelo. Atraviesan caseríos que van declinando en belleza a medida que se va llegando al nivel del mar. Es por esas escaleras que se llega a la casa de los perros, por la calle empedrada que se ve desde la terraza de mi casa, donde hay dos fuscas estacionados y ningún otro auto, y, a veces, algunos chicos jugando, pero nada más. La casa de los perros es la última. Me fui acercando despacio, disimulando cualquier intención, y al llegar a la puerta me encuentro con una chica de mi misma edad. Fue ella quien me preguntó a quién buscaba. A la señora que vive acá. –Mi mamá, contestó. No está. Por qué asunto? Y toda mi pretensión de mentir, de armar una historia para no desenmascarar mi plan alternativo se fue al diablo. Abiertamente le confesé que los perros eran insoportables, le mostré la ventana de dónde vivía, le pregunté qué pensaban hacer al respecto. –Sí, sí, estamos queriendo vender la casa y llevar los perros a otro lado, vos no te querés llevar uno? –no, yo los quiero matar a todos, pensé y respondí que no con un movimiento de cabeza. Me dio su teléfono, yo le di el mío y me fui. Vencida, conmovida y sin máscara que me proteja de ningún plan siniestro.
Desde abajo, los ladridos se escuchan menos.
Más adelante, en una cena compartida en casa, Rodrigo manifestaba lo maquiavélico que era mi plan de mezclar chumbinhos -un infalible veneno mata rata, de venta prohibida, que se vende en algunos puntos de la ciudad- con la mejor carne del vecindario. Un banquete inolvidablemente exquisito y mortal. Contaba que había visto un documental donde mostraban cómo los cachorros agonizaban durante 20 terribles minutos antes de estirar la pata. Por qué en lugar de matarlos no les llevás comida? Me dijo con su tono dulcemente luterano. Los cachorros ladran porque tienen hambre. Transformá tu odio e intolerancia en amor, concluyó. Y mi corazón se sintió tan bien ante la imagen de la bandeja de sobras de comida, calmando las fieras, solucionando el problema en forma por demás correcta, justa y compasiva, que dejé de escuchar los ladridos, por unos días, los perros desaparecieron de mi campo sonoro. Los olvidé por completo.
29.3.10
Vista Chinesa
Los caminos alternativos llevan a visones diferentes. A veces es bueno subir la ladera, tomar el atajo, oscuro, peligroso, desconocido. Salir de la comodidad de la línea recta, el terreno plano y seguro que nos conduce a las mismas repetidas emociones de siempre.
15.3.10
28.2.10
GARRAPIÑADA
Hay que salir.
Mi casa se convierte en un espacio atemporal, una cueva imantada. Burbuja. Bajo las escaleras y atravieso el interminable pasillo oscuro, de hospital, en el que se respira esa temperatura irreal que termina abruptamente en la puerta de calle. Giro la llave e inmediatamente un bramido infernal me chupa como una sopapa y me tira en el smog de Mansilla. Las pupilas estallan, los oídos se revuelcan de dolor, el aire putrefacto se cocina dentro de mis fosas nasales. Esquivo los autos y llego a la avenida Coronel Díaz, esa calle agrandada envuelta en un ramillete de árboles que intentan que Dios no vea lo que está pasando ahí abajo y que se estiran hacia las alturas para tener el mínimo contacto posible con la superficie. Extienden sus garras subterráneas hasta lograr una base firme y se escapan al cielo. Maldita encarnación que les impide moverse.
Arboles, árboles, y cuando les saco la vista de encima noto que mis pies se clavan como estacas en el suelo, las piernas tiemblan y empiezan a estirarse, a crecer, voy tomando altura hasta golpearme la cabeza con el quinto piso de un edificio gris. Las ramas de los árboles me pinchan los ojos. Miro hacia abajo y el vértigo desaparece de mi cuerpo. Los autitos chocadores juegan carreritas y se mezclan como barajas sin avanzar un solo centímetro, los dragones de fuego rugen amenazantes y marcan el ritmo del desfile de tráfico, hacia la derecha, hacia la izquierda, avanzo y freno para levantar un pasajero, hago lo que yo quiero y me chupa un huevo. En la orilla derecha del arroyo de asfalto caliente, lleno de pozos, van enfiladas la vacas negras y amarillas, muuuuu... p-o-o-o-r q-u-é-é-é-é meeee tocaaaaaas muuuuuu b-o-c-i-na ch-a-pppp-e-tooonnn? Le tiro una canica y le pego a un gigantón en el bracito que le cuelga de la ventana. Ay la pu!!! Una señora embadurnada de almidón observa despiadadamente al conductor hasta que los ojos se le transforman en uno solo y su cuerpo de chancho sale dando brincos por la vereda. Un viejito maratonista me mira desde la esquina y es atropellado por un chico rubio corte tasa que está probando su bicicross. El sonido de los celulares rechinando provoca una telaraña de ondas magnéticas en la que miles de mosquitos sacuden sus cuerpos como en una rave. El aire está plagado de ocupación, mucha ocupación y pocas ganas. Cabezas peladas, baldosas sueltas que escupen un chorro envenenado cuando las pisan, mosquitos famélicos, corbatas de 300 dólares, secretos pervertidos. Un chico pelirrojo viene corriendo directamente hacia la señora que arrastra las bolsas de supermercado. Aumento el zoom. El hilo de sus miradas se pone tieso y los congela a veinte centímetros uno del otro. El chico extiende el brazo y atraviesa el pecho de pollo de la vieja, hurga en la cavidad toráxica, scrunch-claft-jt, revuelve los pedazos hasta que da con el alma. Un destello violeta le enciende las pupilas mientras aprieta la mano con fuerza sobre el alma resbaladiza. La mujer se desgarra en un grito mudo y se disuelve en un charco de garrapiñada. El pelirrojo retira la mano enchastrada y esconde el alma debajo del sobaco. Se come un maní azucarado y sale corriendo hacia el este. Fue él! Fue él! Grito yo desde el séptimo piso. Una rama enojada me pega una cachetada en la espalada. El chico escapa como un anguila por la avenida Santa Fe. Me libero de mi cuerpo y lo sigo. Pega 554 saltos hasta Libertador. Cada tanto palpa el bulto que lleva debajo del brazo para asegurarse de que permanece allí. Se cuelga de los árboles y hace un mortal triple para caer en el medio del río de la Plata. Nada, nada, nada, nada, no pasa nada. Espera y espera y nunca pasa nada. Decide continuar. Nada, nada, nada, nada, no pasa nada. Espera y espera y nunca pasa nada. Desea continuar. Llega a la orilla y se lastima la rodilla contra la pared del puerto. Palpa el bulto. Sí, sigue allí. Atraviesa la ciudad vecina de casitas bajas y cruza todo el ancho del campo, hasta las montañas. Escala, escala, escala, baja, baja, baja. Sí, sigue allí. Cruza un pantano de heno y se enjuaga en el mar. Sí, sigue allí. Ya falta poco, casi, casi... llegó. Se descalza y abre la puertita del alambrado. Ya llegué mamita, uhuu, uhuu. La madre está en el techo de chapa, poniendo más piedras para que no se vuelva a volar.
Bajaaaaaaá, mamaaaaaaá. Ahiiiiiiií voooooooy. La mujer toma el atajo y en un segundo está al lado del pelirrojo. Le caen gotas de transpiración por la cara. Saca su lengua de reptil y se las chupa. Son saladas, como las lágrimas. Es el cuerpo que llora.
Tomá mamá. Saca el bulto del sobaco y se lo entrega bajando la vista. Un gusanito está trepando por su dedo meñique. La madre agarra el alma y la pone a la altura de los ojos. La observa. De pronto, su mirada enfurecida se desplaza hasta la tapa de la cabeza de su hijo. Pero esta alma está toda machucada!!!! Vocifera mezclando palabras con un aliento caliente y agrio, y con un lanzamiento bombita tira el alma al suelo. Splang. Cae justo al lado de una manija oxidada, entre el sachet de leche y la suela de un zapato. A la mosca no le importa el historial del desecho y empieza a lamerlo desaforadamente. Sglup, sglup.
15.12.09
3.12.09
Páginas de la Mañana
Hace muchos años, cuando estudiaba teatro con Joy Morris, me compré un libro que se llama "El camino del artista", que basicamente proponía lecturas y ejercicios para destrabar el "niño interno" que todos llevamos y que con el correr de los años vamos tapando con capas y capas de hábitos, obligaciones, elecciones, prejuicios, necesidades y todo lo que uno va cargando en su vida, olvidando por completo esa persona en estado puro que ya fuimos. Uno de los ejercicios era "las páginas de la mañana", y consiste en escribir apenas te levantás 3 páginas completas de cualquier cosa que se te venga a la cabeza, lo que sea, escritura automática, basurero de emociones lo llamo yo, una limpieza cerebral para que la cabeza se despeje del barullo y pueda enfocarse en lo verdaderamente importante. Escribí muuuuuchas páginas de la mañana, genera vicio y pareciera que funciona, páginas y páginas acumuladas de letras que nunca más fueron leídas, primero a mano, después en la computadora, generándome el hábito de sentir que las teclitas apenas ruidosas, casi como un crepitar, y esas letritas en times new roman que se van dibujando sobre el fondo blanco me curan, me funcionan como digitoterapia, me lavan la cabeza para seguir más fresca, más limpia...Hace mucho que no escribo así, compulsivamente, sin pensar en nada, por el mero acto de extraer de mí todo lo que sobra, lo que no quiero que permanezca ni un minuto más dentro de mí... no sé si voy a volver a escribir esas páginas, pero ahora les voy a mostrar un ejemplo concreto y en tiempo real de cómo sería un párrafo de "páginas de la mañana", voy a hacer como si las próximas líneas no estuvieran al alcance de nadie, voy a intentar -así es como tiene que ser, y ya salió la ana dictadora- hacer como si nadie nunca va a tener acceso a esas líneas, que siguen a continuación, como se dice en portu... vamos lá:
... " Me titila el ojo izquierdo, desde ayer, pero hoy con más fuerza, qué será? me asusta cuando el cuerpo hace cosas que no consigo entender, me asusta, lo dije dos veces pero no quiero borrar nada de lo que escribo, para dejarlo tal cual sale. Ese ojo además, desenvolvió o desarrolló? se me mezclan las lenguas, y ya no me acuerdo qué palabra pertenece a cuál, lo mismo da. El ojo izquiero desarrolló una ojera más oscura que el ojo derecho, qué será? tendrá que ver con los hemisferidos (quise decir hemisferios) hemisferios feridos en português, heridos en español, se terminó el disco de Charly, la hija de la lágrima, creo que es de 1984 y no puede ser más actual, más clásico, lo voy a poner de nuevo hasta que las letras se me metan en el cuerpo, hasta que las entienda por completo. Quiero que llueva, para quedarme sin culpa dentro de casa, trabajando en los videos, ordenando las fotos, el quilombo de este computador, pero hay sol, un nuevo día con sol resplancediente y no da quedarse encerrado, habrá que esperar hasta que caiga agua, que como suele pasarme es justo cuando realmente tengo que salir. Qué hago con mi ojo latente? qué genera esos latidos? qué me está pasando? me asusta, me asusta por primera vez en mi vida el paso de los años, el achaque, el envejecimiento, me creía inmune, no me importaba porque total a mí no me estaba pasando, pero finalmente entiendo de lo que hablan, la lucha más grande de la humanidad, la búsqueda de la vida eterna, de la juventud eterna, del florecimiento y no de la putrefacción. Yo creo que lo que nos envejece son las emociones acumuladas. Con qué tendrán que ver las ojeras? ya no sé que hacer, dice Charly, algo va a caer..."
y por ahí va...
ojalá no me importara nada y pudiera escribir lo que se me antoje sin saber cómo voy a quedar ante los demás. Escribir a corazón-mente-espírutu abiertos es una de las cosas que me producen mayor placer, aunque no sirva para nada, mi disfrute está basado en la liberación del ser, del niño interno, de la niña! en mi caso, que aunque siempre quise ser un varón -porque veo sus vidas más fáciles en esta época-, soy mujer.
Mi sueño es publicar todo lo que escribí, acá mismo, en cualquier lado, en algún soporte que me libere de ese material y que no se me vuelva a perder nada, ninguna carpeta que decía "mis escritos", donde fui guardando todas las boludeces, cuentos, poesías, páginas sueltas y cosas que escribí hasta los 25 años y que nunca más encontré, se borró, deletó, por error, por acaso, por descuido, la p madre que lo re mil parió.
Ayer vi "Cerezos en flor" de Doris Dörrie. Genial. Nuestra vida dedicada a cosas tan insípidas, tan aparentemente necesarias, es una de las tantas formas de no aprovechar nuestro paso por acá. De escondernos en la cómoda rutina, de no abrir el corazón, ni la cabeza, ni ninguna de las habilidades creativas que absolutamente todos llevamos dentro, y esto es tan verdadero como que absolutamente nadie se salva de tener una sombra.
3.11.09
FUERZA LUNAR

luna llena dame fuerzas
para creer que soy fuerte
que no le tengo
miedo a la muerte
luna magnética
que asciende veloz
creando la ilusión
de que es ella quien se mueve
luna plateada
te pido un favor
que pares el tiempo
hasta que yo regrese
a mí
a mi centro
a mi eje
a mi fuente
2 de noviembre. dia de los muertos. maceió. alagoas. brasil. planeta tierra
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